Opinión / JUNIO 25 DE 2022

El Espíritu Santo, Petro y mi madre

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“Ven Espíritu Santo, envía tu luz desde el cielo. Padre amoroso del pobre; don, en tus dones espléndido; luz que penetra las almas; fuente del mayor consuelo…” Todo el día de votaciones mi madre, de 88 años de edad, tuvo encendido al Espíritu Santo, del cual es devota, una veladora verde. Votó temprano. Desde la madrugada la escuché orar en la intimidad de su alcoba para que Petro ganara la presidencia. “Ven, dulce huésped del alma, descanso de nuestro esfuerzo, tregua en el duro trabajo, brisa en las horas de fuego, gozo que enjuga las lágrimas y reconforta en los duelos”. 

No fue infructuosa su prolongada oración dominical. El Espíritu Santo, emergiendo de su incomprensible sordera de 200 años de historia presidencial colombiana, le obró el anhelado milagro. “El Espíritu Santo”, expresó alborozada al anunciarse el triunfo de Petro, “atendió mis clamores”. Y los de millones de modestas colombianas semejantes quienes, para que Petro obtuviera la presidencia, también elevaron plegarias de toda condición implorando con cristiano fervor a la Virgen del Carmen, al niño Jesús de Praga, al Corazón de Jesús, al Señor de los Milagros de Buga o a la Virgen de La Canducha, en un país que parecía olvidado por Dios y por toda potestad de paz, amor y justicia social.  Expliqué a mi madre: “Su oración sirve para completar las demandas y luchas sociales de otras personas que no rezan, pero perseveran, a su manera, por la transformación de Colombia”. Mi madre hace parte de Corazones valientes, agrupación de adultas mayores calarqueñas. De origen campesino, solo pudo estudiar hasta segundo de primaria, como sucedió con miles de mujeres de su tiempo. Nació durante el primer gobierno de Alfonso López Pumarejo, presidente progresista que dejó indelebles huellas de desarrollo en la política agrícola e industrial del país; en adecuadas reformas del régimen laboral, tributario y judicial; y sobre todo mejorando la educación superior al impulsar compras de terrenos para construir la Ciudad Universitaria de Bogotá, concentrando en un solo entorno las facultades que integraban la Universidad Nacional de Colombia,  distribuidas por la ciudad. Petro y Francia, ganaron con dignidad. Mi madre y yo, ganamos en un Quindío donde predominó el voto por el ingeniero. Los nadie, que confiamos en dicho candidato, ganamos, junto con el heterogéneo entramado popular colombiano y sus organizaciones culturales, religiosas y políticas. Los del despertar político que alto porcentaje de alineaciones sociales demostraron. 

Colombianos de toda edad y cultura, extenuados con los yermos gobiernos de Samper, Pastrana, Uribe, Santos y Duque. Ganamos, a pesar de las escabrosas artimañas con que quisieron anular al nuevo presidente. Solo nos resta contribuir, de la mejor manera posible, en la reparación de la Colombia que Petro resucita.


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