Opinión / ABRIL 16 DE 2021

El legado de los bárbaros 2 

Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal, no compromete la línea editorial ni periodística de LA CRÓNICA S. A. S.

Hace pocos días El Quindiano, diario digital, cometió un error con la publicación de una columna de opinión. Las redes sociales ardieron y muchos quisieron prender hoguera con los responsables de la anomalía. La equivocación fue notable, y el director, un hombre honrado, se excusó con la afectada.  

Ese debate me hizo pensar sobre cómo los bárbaros, los políticos, han convertido a la comunidad cultural en indigna, en objeto de sus maltratos clientelistas, y en víctima atolondrada de los bajos presupuestos; han pauperizado la labor de los gestores y artistas.  

Las investigaciones documentadas de ese diario en la Corporación de Cultura, y las realizadas por Diálogo democrático, con el apoyo de Transparencia por Colombia, basadas en la trazabilidad de la contratación es contundente, y solo admiten las indagaciones de ley y una reflexión de los artistas y gestores.  

El sector de la cultura depende, como casi todo en el Quindío, de las decisiones de algunas casas políticas. La casa Valencia, que lanzó a Armenia al abismo é tico, durante más de veinte años hizo añicos la gestión cultural, a través de una Corporación a merced de algunos concejales, y de otros gestores comodines  —el  gasparato  teatral—, quienes se han aprovechado de la ventaja jurídica propia de esa corporación, de mixtura privada, para usufructuar buena parte de los recursos públicos.  

Como reacción a esa dominancia de la casa Valencia, que también devastó la educación pública, los proyectos políticos de Cambio Radical, y del mismo exsacerdote Carlos Eduardo Osorio, se alzaron para controvertir ese esperpento, pero el remedio fue igual o peor que la enfermedad.  

El paso de Sandra Paola Hurtado por la gobernación fue una debacle moral, y designó en la secretaría de Cultura a mandaderos de sus torticeras intenciones. Recuerdo que una vez nombró a una especie de adivino o brujo como secretario.  

El padre Osorio, si bien aumentó el presupuesto de cultura y lo elevó a más de 20.000 millones de pesos, permitió que su secretario ejerciera el favoritismo y el amiguismo, y que la cultura fuera solo la expresión de unas pocas disciplinas. Además, en alarde de su poder oficial, nos entregó inermes, como botín simbólico y real, en las manos sucias del Centro Democrático, el nido caliente de la corrupción en Colombia.  

Mientras lo anterior sucede, y los gestores culturales pelean por escasos recursos, se zahieren y vociferan entre sí, como idiotas útiles de un modelo político pernicioso, el Quindío no cuenta con una biblioteca departamental; Armenia no ha construido un teatro público; no existe un plan departamental y local de lectura y escritura; la estación del ferrocarril es una cloaca sin fondo; no hay una facultad de las artes y las culturas en la Universidad del Quindío; las organizaciones culturales no tienen sedes propias; y, lo peor, los presupuestos son repartidos como confites envenenados en medio de una hambruna conceptual y material.  

Estamos perdidos, y la brújula está sumergida en el océano de nuestras babas.  


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