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Opinión / MARZO 21 DE 2024

El miedo cambia de bando

Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal, no compromete la línea editorial ni periodística de LA CRÓNICA S. A. S.

Dentro del neoliberalismo que gobierna el mundo, siempre la derecha ha sido la dueña de las  herramientas del poder, particularmente entre nosotros, donde llevan 200 años de hegemonía, creándolas y puliéndolas, producto de haber ganado casi todas las batallas en la historia, los sectores populares han ganado pocas (la constitución del 91, por ejemplo), en efecto los militares, la policía, los medios de comunicación, lo jueces, el parlamento, los órganos de control, entre otros, hacen parte del entramado estatal del que ha sido dueña, y es, la derecha política. Pese a que hay sectores democratizados de estas instituciones, sus cúpulas no lo son aquí, ni en América Latina. 

A las fuerzas policivas les han inculcado en las academias que son la última ratio contra la patria en peligro, obviamente patria amenazada, no por senadores, fiscales, jueces vinculados a la delincuencia y el narcotráfico, sino por los subversivos de izquierda.

Estos sectores olvidaron que en el juego democrático, cuando se conquista el derecho a votar y acceder al parlamento, la izquierda podría ganar y llegar a los palacios de gobierno. Cuando esto sucede, como pasó en Colombia, a la derecha le es difícil aceptarlo, pero como no hay ambiente en la comunidad supranacional para apelar a la violencia (recuerden, desaparecieron todo un partido político como la UP), está fresca la memoria de las dictaduras del Cono Sur, Pinochet incluido, y por la presencia de mecanismos internacionales contra esa violencia, deben, entonces, recurrir a otros expedientes, incluso a la misma judicatura (un juez detuvo a Lula en campaña y solo lo liberó cuando había ganado Bolsonaro).

Hay que decirlo con claridad, cuando los sectores progresistas gobiernan heredan esos entramados estatales y Petro heredó, también, esas estructuras institucionales. Como es evidente que las élites colombianas no se han democratizado, la posibilidad real de transformación social de un gobierno  de izquierda es muy pequeña, es mínima. El presidente tiene el gobierno pero no el poder.

Ahora que Petro quiere producir reformas de fondo a la institucionalidad en temas como la salud, para quitarle a un puñado de inversionistas, banqueros y grandes contratistas del Estado, el poder real, el manejo, sin control, de billones de pesos del tesoro público que circulan a través de unas EPS, la derecha no lo acepta y recurren a una estrategia efectiva recomendada por Max Weber: la parlamentarización del conflicto, que permite trasladar las iniciativas de cambio efectivo, que le confiaron más 11 millones de Colombianos en las urnas al presidente, al escrutinio del Congreso de la República mayoritariamente reaccionario, para impedir el trámite legislativo, inmovilizar la iniciativa del gobierno - hay mucho dinero en juego- acompañado del ataque mediático y judicial que termine por producir solo cambios cosméticos inficionando la iniciativa del mandatario dentro de un aire de frustración e impotencia.  

Mientras tanto el presidente acudirá a su fuerte, la movilización social, a la calle, donde “el miedo cambia de bando”, para hacer valer las mayorías mediante la protesta,  donde el poder sabe que hay una fuerza no fácil de controlar que si se altera puede generar transformaciones. 


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