l
Opinión / MARZO 28 DE 2024

El mundo y sus remedios

Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal, no compromete la línea editorial ni periodística de LA CRÓNICA S. A. S.

En medio de esta polarización, de esta ausencia de liderazgos, inmersos  en un mercado caótico que nos vende pasiones innecesarias y odios artificiales; amenazada, como está, la certeza de lo que fuimos, lo que somos y lo que seremos, valdría la pena, en estos días de reflexión, recordar a Thomas Carlyle y su obra sobre el culto a los héroes. Valdría la pena examinar su convicción de que la historia universal es una escritura sagrada, un evangelio que debemos descifrar entre todos,  porque los hombres de genio son verdaderos textos sagrados y la historia no es más que el sedimento del periplo vital de sus héroes.

Ellos fueron los jefes de los hombres, los forjadores de moldes, los creadores de cuanto ha ejecutado o logrado la humanidad: “La historia del mundo es la biografía de los grandes hombres”, para los deterministas el héroe es, ante todo, una consecuencia; para Carlyle  es una causa.  

Héroes elegidos en países distantes y en épocas diferentes, que difieren por completo en su apariencia exterior, pero ligados por la realidad culminante de su religión, advierte el inglés, que no entiende por religión el credo profesado, los artículos de fe aceptados independiente de su valía o vileza. 

No considera la religión como ese conjunto de dogmas y creencias muchas veces accesorias. La religión que los convoca es el conjunto de convicciones profundas, lo que realmente creen, lo que toman a pecho, lo que les es imprescindible en sus relaciones vitales con el universo, su deber y su destino, lo que les es siempre principal, determinando todo lo demás, así lo llamemos credulidad o escepticismo.

 ¿Que sería, dice, del devenir del mundo sin ellos, que tendríamos a cambio del paganismo maravilloso de la mitología escandinava inspirado en el dios Odín? ¿Qué sería de las tribus pastoriles de Arabia adorando todavía los pozos y las estrellas sin Mahoma, el profeta de la barba roja, el mensajero de Dios? ¿O la dilatación  de los confines de la buena literatura en ausencia de Shakespeare, el poeta? ¿O la reforma religiosa sin el dedo acusador de Lutero, el sacerdote? ¿De la consolidación de la república  sin Oliver Cromwell o del ingenio militar en el mundo moderno sin Napoleón, el rey?

 ¿Cómo gobernar un país de reyes?  Tal era la pregunta que la historia planteaba a Grecia y la respuesta fue el sueño del poder de todos, que cada cierto tiempo retoñaba en la tierra, en la voz de los héroes de la independencia norteamericana, de los revolucionarios franceses, de los Comuneros y del brote más reciente, el espinoso  comunismo, tan luminoso en sus fines  como tortuoso en sus medios. La respuesta, hasta ahora, es gobernar con todas las voces que logren hacerse oír,  esa es virtualmente nuestra democracia insuficiente.

Los grandes hombres se fueron, se eclipsaron, nos dejaron sin sus destellos, por eso hoy cualquier teoría sirve, cualquier desafuero parece lícito.

¿Será esta una de las épocas en que nos cansamos de llamar a los  grandes hombres sin que estos  acudieran?

Religión y política, los remedios del mundo.
 

NOTICIAS RELACIONADAS


COMENTA ESTE ARTÍCULO

En cronicadelquindio.com está permitido opinar, criticar, discutir, controvertir, disentir, etc. Lo que no está permitido es insultar o escribir palabras ofensivas o soeces, si lo hace, su comentario será rechazado por el sistema o será eliminado por el administrador.

copy
© todos los derechos reservados
Powered by:Rhiss.net