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Opinión / ABRIL 18 DE 2024

El novelista en su laberinto

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Se cumple la primera década desde que el mundo lamentó la partida de Gabriel García Márquez, quien murió el 17 de abril de 2014 en Ciudad de México. Aun cuando su vida y obra han sido lo suficientemente difundidas y estudiadas por biógrafos, articulistas y críticos literarios, hay historias que se deben recuperar, puesto que corren el riesgo de extraviarse en los laberintos de la memoria. De una de ellas, fui testigo de excepción cuando el nobel ofreció una conferencia (el 12 de abril de 1996) ante un auditorio colmado de oficiales de las Fuerzas Militares.

Gabo fue invitado por la Escuela Superior de Guerra para participar en la Cátedra Colombia. Este espacio académico, propiciado por el General Manuel Bonett Locarno, se diseñó para que la oficialidad interactuara con personajes provenientes del mundo político, cultural y económico.

Al general Bonett y al novelista les unía una amistad de vieja data. Su mamá, doña Albertina Locarno, fue una cienaguera que conocía la genealogía de la región Caribe, así como lo geográfico y cultural. García Márquez la visitó (en varias ocasiones) obteniendo un cúmulo de historias que tiempo después alimentarían las páginas de aquel fabulador de imaginación y creatividad incomparable.

El día señalado, apareció el prominente escritor en el auditorio de la Escuela Militar de Cadetes. Con su cabello de patriarca en otoño, vestido con un saco gris y corbata azul oscuro, inició su intervención en tono caribe y pausado: “[…] La primera vez que oí hablar de los militares fue a una edad muy temprana, cuando mi abuelo —el coronel Nicolás Márquez, ‘liberal de hueso colorado’ y veterano de la guerra de los mil días— me hizo un relato escalofriante de lo que entonces se llamó la matanza de las bananeras”. A continuación, prosiguió: “[…] algunos amigos que conocen mis prejuicios —sobre los uniformados — piensan que esta visita es lo más raro que he hecho en la vida. Al contrario, mi obsesión por los distintos modos de poder es más que literaria —casi antropológica— desde que mi abuelo me contó la tragedia de Ciénaga. Muchas veces me he preguntado si no es ese el origen de una franja temática que atraviesa por el centro de todos mis libros. En la Hojarasca, que es la convalecencia del pueblo después del éxodo de las bananeras, en el coronel que no tenía quién le escribiera, en la Mala Hora, que es una reflexión sobre la utilización de los militares para una causa política, en el coronel Aureliano Buendía, que escribía versos en el fragor de sus treinta y tres guerras, y en el patriarca de doscientos y tantos años que nunca aprendió a escribir. Del primero hasta el último de esos libros —y espero que en muchos otros del futuro— hay toda una vida de preguntas sobre la índole del poder”.

En señal de amistad, García Márquez concluyó su charla con un regalo para los asistentes: “[…] quiero dejarles solo una frase: creo que las vidas de todos nosotros serían mejores si cada uno de ustedes llevara siempre un libro en el morral”. 

Finalizadas sus palabras, se escuchó una atronadora salva de aplausos. Hoy, 28 años después, siento el gozo de haber tenido la oportunidad de emprender —por un instante— un viaje inolvidable a través de los límites de la realidad y la imaginación.


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