Opinión / OCTUBRE 21 DE 2021

El precio de la palabra

Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal, no compromete la línea editorial ni periodística de LA CRÓNICA S. A. S.

¿Cuál es el precio de la palabra? Me preguntaba mientras leía la noticia de dos periodistas: María Ressa y Dimitri Muratov, quienes ganaron el premio Nobel de la Paz por su trabajo para defender la libertad de expresión. 

El premio, que fue un mensaje de apoyo para la prensa independiente, puso en cabeza de dos reporteros a todos los que se la han jugado por poner en la agenda pública temas incómodos para los detentores del poder o los manzanillos que se modelan como el agua en una jarra.  

La palabra escrita, hablada, graficada, visualizada; si causa piquiña, lo más probable es que sea oportuna. Sin embargo, no son pocas las embestidas que deben recibir quienes la producen. 

Según Reporteros Sin Fronteras, en lo corrido del año van 24 periodistas asesinados y la cifra de encarcelados es de 350. Pero el asedio no solo está en estos casos extremos —que por supuesto son espantosos— sino que en diferentes niveles, en la provincia, verbigracia el Quindío; algunos ataques son sutiles y burdos. 

Chismes que enlodan a los que hacen público el actuar impúdico, es decir a los periodistas o analistas de opinión;  puertas que se cierran, lobby negativo, canibalismo profesional, son algunos de los precios que se deben pagar por expresar lo que muchos piensan, pero no se atreven a ventilar. 

La presidenta del comité del Nobel, Berit Anderssen, afirmó en el anuncio del premio: “El periodismo libre, independiente y de hechos sirve para proteger contra los abusos del poder, las mentiras y la propaganda de guerra”. No hay que confundir libertad de expresión con posverdad; tampoco el derecho a la buena imagen con la impunidad.

Zapping: En los años 80 e incluso los 90, lo recordamos bien quienes pertenecemos a la generación X, octubre en Armenia era un mes muy especial, eventualmente las calles se cubrían de una densa niebla y el frío acompañaba las actividades festivas que programaban para el aniversario de la ciudad y se concentraban en el Coliseo del Café y sus alrededores. 

Había un ambiente, una atmósfera que invitaba a salir de la rutina y al encuentro, finalizando con la bienvenida temprana al espíritu de la navidad. 

No sé cuándo se dispersaron las tradiciones, no recuerdo haber visto una transición; sin embargo, hasta el 2020, se gestaron otros espacios y eventos que —puede ser por los años a cuestas— no tienen la misma magia, pero se han constituido, de cualquier forma, en patrimonio inmaterial. Hasta que a nuestro alcalde le llegaron los fantasmas de la creatividad y la responsabilidad biosegura —como si unos cuantos días hicieran la diferencia— y le dio por correr las fiestas aniversarias para noviembre. Como si el tiempo se pudiera manipular, como si los usos y costumbres se cambiaran de un plumazo, como si la cultura se pudiera decretar. Una alcaldada más y las que han de llegar.

Nos vemos en la red (0)   


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