Opinión / AGOSTO 21 DE 2021

El zen de pessocaeiro

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1. El zen germina en todos sus libros. Por su poesía. Por su prosa. Por cuanto dijo y dejó de escribir. Brota y florece, enraíza y desborda de semillas a la anómala especie de lectores capaces de encontrar el mundo en la poesía. Sobre todo, aptos para leer la poesía del mundo habitual. Sin proponérselo, Pessoa se autoinició e inició en elementos básicos del zen Soto y el Rinsai a sus principales heterónimos. Entre Álvaro de Campos, Ricardo Reis, Bernardo Soares y Alberto Caeiro, este consiguió el satori más profundo. Evidencia poética de su mística relación con la naturaleza, es su breve manual de iluminaciones El guardador de rebaños. Álvaro de Campos fue el más prolífico. Octavio Paz, en su libro Fernando Pessoa: el desconocido de sí mismo, afirma: “Reis cree en la forma, Campos en la sensación, Pessoa en los símbolos. Caeiro no cree en nada: existe”.

2. Dice roshi Caeiro: “No tengo ambiciones ni deseos. /Ser poeta no es una ambición mía. /Es mi manera de estar solo”. Pessoa como Caeiro, es el más zen de los poetas portugueses y europeos que escribió poesía zen sin proponérselo. Sin notorias influencias orientales ni japonesas durante el proceso de su poética sensorial, su antifilosofía y sentido místico del mundo y del ser humano, de la palabra y del poema. “El único sentido oculto de las cosas/es que no tienen ningún sentido oculto”. 

3. En solo 49 poemas la simplicidad del ver, del sentir, del no-pensar al escribir, se condensa la estética de la iluminación en Caeiro. Una estética sin ética. Sin Dios de iglesias. Contemplativa del mundo exterior. No hay que percibir solo ovejas en el rebaño que protege Alberto. Guarda manadas de ideas, impresiones, sentimientos, árboles, ríos y dudas. Sobre todo, de afirmaciones como esta que pudo haber dicho So-san, tercer patriarca del zen: “No quiero pensar en las cosas como presentes; quiero/pensar en ellas como cosas”. Rabadán de palabras que no son ovejas, Caeiro, mal escritor en portugués habría adoptado como propia, desde su exigua formación académica, literaria y bibliográfica, esta iluminada apreciación del zen: “Antes de la iluminación, los ríos eran ríos y las montañas eran montañas. Cuando empecé a experimentar la iluminación, los ríos dejaron de ser ríos y las montañas dejaron de ser montañas. Ahora que estoy iluminado, los ríos vuelven a ser ríos y las montañas son montañas”. Fue sincero con los amaneceres y confirmó: “La luz del sol vale más que los pensamientos/de todos los filósofos y todos los poetas”. 

4. Cuanto menos piensa Pessocaeiro en el mundo objetivo que lo envuelve, más puras se le presentan las imágenes y realidades del poema y del mundo exterior: “Ojalá fuera yo el polvo del camino”.


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