Opinión / FEBRERO 20 DE 2019

Elogio al centro

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En una columna reciente el novelista José Nodier Solórzano pergeñó una diatriba al centro, ese espectro político distante por igual al mesianismo del Centro Democrático y a la dialéctica del aguacate de Petro. Con prisa y poco detalle, lo acusó de inventarse “el falso dilema de la polarización” y de “pavimentarle el camino a la ultraderecha”. Peroratas de este tipo pelechan en las redes virtuales y su mera existencia corrobora los enfermizos niveles de radicalismo alcanzados en el país después del plebiscito del 2 de octubre. El nuestro es un debate público impregnado hasta la médula por la narrativa paranoide del catolicismo tridentino y de la guerra fría: el mundo se divide en dos trincheras, las de los buenos y las de los malos. Quien se deslinde de estos esquemas simplistas de inmediato es visto con sospecha por los bandos y, por si las moscas, se le baña con el fango de los improperios y las noticias chuecas. Los de la derecha acusan al centro de ser proFarc —así lo hizo en una entrevista el pintoresco Abelardo de la Espriella— y los del otra orilla lo vapulean llamándolo “caballo de Troya” de Uribe. Ni lo uno ni lo otro.

Solórzano considera cómplice al centro de los crímenes de ayer, de hoy y de mañana. Eso es un disparate. Primero, el centro no es un movimiento uniforme, organizado en una estructura jerárquica. No tiene la disciplina de la milicia ni la rigidez doctrinaria de la secta. Se trata más bien de un sector de la población profundamente convencido de la urgencia de construir escenarios de diálogo y reconocimiento entre los múltiples sectores sociales. Solórzano asimila —¿de mala leche?— al centro con el fajardismo. Dicha mirada comparte la miopía de aquellos que reducen la izquierda colombiana al petrismo. En el centro hay gente representada electoralmente por Antanas Mockus, los Galán, Humberto de la Calle, Antonio Navarro, Claudia López y, por supuesto, Sergio Fajardo. Desde luego estos matices se les escapan a quienes ven la realidad pintada en dos colores, en el blanco y el negro de la intransigencia. Segundo, los llamados a la tolerancia política y vital no invitan a la ciudadanía a vendarse los ojos ante la barbarie y la injusticia. Nunca semejante dislate salió en campaña de los labios de Sergio Fajardo o de Humberto de la Calle. Los radicalismos alucinan monstruos y los combaten con uñas y dientes. El centro, por el contrario, festeja la diversidad ideológica y procura cuidarla pues la estima una de las riquezas de la patria. En consecuencia, no se mancilla la verdad si se dice que el centro es en tiempos de populismos el nuevo nombre del liberalismo.

El talante liberal no aspira —dios lo libre— a anular las diferencias partidistas ni a ocultar las tensiones normales de la democracia. Cree en la utilidad de encauzarlas por las sendas del respeto y las leyes. Concibe el ejercicio de la política como el camino para conquistar pactos de sana convivencia y concordia, no como una herramienta para la eliminación simbólica o material del otro.


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