Opinión / OCTUBRE 02 DE 2021

En El Lejero de Rosero (2)

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Lo atractivo de tan extraña noveleta, es sentir cómo va sucediendo todo. En este compacto y poético relato, jamás se indicará hasta dónde, para el lector y los personajes de la obra, arribarán las fronteras del sueño. Linderos de la alucinación. Rosaura es la niña de nueve años que en otro distante pueblo “desapareció mientras compraba rosas en la tienda”. Y quien, de alguna manera, llegó a este pueblo invocada tal vez por el fantasma de alguna bruja o chamana residente en Comala.  “La última vez que la vi –repuso el albino- le daba teta a un niñito. Fíjese, es posible que ya sea usted bisabuelo”. El albino, otro personaje que irrita, hiere la susceptibilidad de aquellos descaminados visitantes que por error lleguen al pueblo. La extraordinaria metáfora poética de soledad, abandono y muerte en que la noveleta se transmuta, no tiene explicación. No se deben elucidar con fórmulas de interpretación narrativa, ninguno de los personajes que por aquí desfilan, entre lo natural de lo absurdo. O viceversa. Cuanto sucede a lo largo de esta extraña novela breve (89 páginas) de Evelio José Rosero, no es convencional, ni frecuente en la narrativa colombiana. Situaciones, diálogos, personajes, paisaje y argumento del libro, se disipan entre la niebla del pueblo. Cerca de sus abismos. Con un volcán de fondo. Pasando en una prosa musical y pausada, de la vigilia a lo onírico y de lo trivial a lo fantástico y absurdo, una y otra vez en alas de la poesía para conformar insólitas perspectivas de lo relatado. “Se vio él mismo, asomado, igual que una sombra arrepentida de encontrarse allí, en la cima desconocida de esa calle, en ese pueblo sembrado de ratones, en ese pueblo que bordeaba la cordillera, en ese pueblo que limitaba a un lado con el volcán y al otro con el abismo”. La sitúo entre las tres mayores noveletas de la narrativa colombiana, y no exagero al afirmar que puede situarse entre las 10 mejores de Latinoamérica, junto con Aura, de Carlos Fuentes; El coronel no tiene quién le escriba, de García Márquez o El perseguidor, de Cortázar. Tal vez Rosero leyó La lluvia amarilla. Novela semejante, del español Julio Llamazares. Monólogo espectral del último habitante de un pueblo abandonado, con paisaje frío igual que el yermo villorrio donde llega el anciano buscando a su nieta extraviada. Lecturas delirantes, denomina Umberto Eco el exceso de interpretaciones en cualquier lectura. Niveles literales, metafóricos o anagógicos que surgen durante la presentación de personajes, diversificando la idea original del escritor. El lejero provoca en el lector semiótico -este que no reconoce solo contenidos sino que valora el engranaje literario sobre el cual se asienta el proceso de comunicación-, delirantes interpretaciones.
 


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