Opinión / MARZO 01 DE 2021

¡En las mujeres está la esperanza!

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Las mujeres son el pilar de nuestra sociedad, esa es una verdad absoluta. Pero hablar de la importancia del trabajo femenino en el desarrollo de una región no puede partir del análisis de resultados macroeconómicos, sino más bien de los cambios que sin pausa se van gestando día a día y que permiten hoy por hoy, hablar de mujeres empoderadas en la sociedad a la que pertenecen. Este empoderamiento parte del ejercicio de sus derechos, de sus capacidades personales, del acceso a la educación y de sentirse libres de toda forma de discriminación.


En Colombia, desde hace algunos años se han venido dando pasos importantes en el desarrollo económico como una oportunidad para el progreso social, así como avances en educación, salud y trabajo, este último factor, visiblemente afectado por las consecuencias de la pandemia.  A pesar de los avances, todavía se visibilizan brechas de género, en particular en las esferas política y económica. El acceso de las mujeres al empleo formal y su participación en el mercado laboral ha ido creciendo en la última década, pero aún es limitado y en la actualidad siguen siendo las más afectadas.
La lucha de la mujer por el reconocimiento de sus derechos ha sido larga y difícil. Olimpia de Gouges, una líder empoderada por los derechos femeninos, inició un movimiento feminista de protesta que la llevó a la proclamación en 1791 de la primera ‘Declaración de los Derechos de la Mujer y la Ciudadana’, que curiosamente encabezó con estas palabras: “Hombre, ¿Eres capaz de ser justo? Una mujer te hace esta pregunta”. Exigía entre otros, el derecho al trabajo público, a hablar en público de temas políticos, a poseer propiedades, al derecho a la educación y a la igualdad del poder en el ámbito familiar. Por sus exigencias fue perseguida y el Tribunal Revolucionario la condenó a morir guillotinada en 1793.


A finales del siglo XIX, comenzaron a gestarse movimientos femeninos en Europa y Estados Unidos, para el logro de sus derechos civiles y políticos, el derecho al voto y a la educación.


A mediados del siglo XX, las Naciones Unidas publica la Declaración Universal de los Derechos Humanos y Eleanor Roosevelt, en su calidad de primera dama de Estados Unidos y como participante del Comité Redactor, se enfoca en el artículo 23, en el que se habla del derecho de toda persona al trabajo con igual salario por trabajo igual y sin discriminación y la importancia de las organizaciones obreras para el cumplimiento y desarrollo de este derecho; pero lamentablemente la realidad es otra muy distinta. En la mayoría de los países subdesarrollados las mujeres continúan siendo víctimas de violaciones en su integridad por la guerra y la misma sociedad.   


Muchas mujeres de todas las nacionalidades han luchado por años en la conquista de sus derechos recorriendo un camino árido, difícil, diferente según la cultura de cada región, pero que nos muestra su pujanza y valor. 


En el Eje Cafetero, encontramos muchos ejemplos de ello, donde mujeres sin mayor acceso a la educación sentaron las bases para el desarrollo de una ciudad tan pujante como Pereira que para el año de su fundación, en 1863, y con una población mayoritariamente analfabeta, ya demostraban su empoderamiento y esfuerzo para aportar al desarrollo,  como  María Josefa Niño de Ormaza quien fundó la primera escuela de carácter mixto y Ana Joaquina Cantera, quien sabía leer y escribir y acompañó durante muchos años al padre Remigio Antonio Cañarte en la administración y manejo de los recursos económicos de la parroquia que tenía un poder muy grande en los asuntos sociales y económicos de la ciudad, labor que tradicionalmente era ejercida por los hombres. 


Podría decirse entonces, que Ana Joaquina Cantera fue algo así como la primera administradora de la ciudad. Para 1873, muchas de las mujeres pereiranas accedieron a la propiedad de los lotes en que dividieron las hectáreas que el Congreso de la República donó a la ciudad a través de la Comisión Agraria Repartidora y hacia 1910, con el auge de la producción cafetera, siendo la región de tradición patriarcal, surge un grupo de mujeres independientes económicamente denominadas chapoleras, que iban de finca en finca ofreciendo su trabajo para recolectar café, disputando con los hombres un lugar igual en la vida laboral y como ejercicio espontáneo de liberación femenina. Para 1926, las mujeres del eje cafetero generaban recursos con la confección de prendas de vestir y ocupaban gran parte del empleo en las fábricas que se instalaron en Manizales y Pereira aportando enormemente al desarrollo de la región.


¡Me siento especialmente orgulloso por las mujeres de esta región!, quienes han demostrado su excelencia profesional en todas las disciplinas. El éxito y los resultados contundentes del trabajo femenino se vuelven indispensables en el desarrollo de cualquier nación. Y en nuestra región, especialmente, ese aporte es sin duda el que ha marcado la gran diferencia que nos ha permitido sobrellevar hasta la situaciones más adversas.


Quiero aprovechar entonces este marzo, el mes de la mujer, para agradecer y rendir un homenaje a todas las mujeres que hacen de éste, un mundo más desarrollado, más llevadero, más amoroso, más profesional, más pacífico, más ordenado y más sorprendente.


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