Opinión / JULIO 23 DE 2021

En otras palabras

Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal, no compromete la línea editorial ni periodística de LA CRÓNICA S. A. S.

Las crisis suscitan debates en los que intervienen los que saben, los que creen que saben y los que no saben, pero se expresan con mayor énfasis. Eso de cualquier manera enriquece el debate o, por lo menos, entretiene al público y les suministra material a los comunicadores. En medio de tal algarabía, que suscita el vaivén de opiniones, los responsables de solucionar los problemas, que no saben qué hacer, pero tienen que hacer algo para justificar sus cargos, echan mano de eufemismos, galimatías y acertijos, con cuya interpretación e intentos por dilucidarlos se distrae al “respetable público” (el mismo de las corridas de toros, los movimientos populares y los partidos de fútbol). Así, los problemas es posible que no se solucionen, pero se rescatan ideas y expresiones, se lucen algunos protagonistas y… el mundo sigue su marcha, mientras llegan calamidades distintas, éxitos deportivos, reconocimientos internacionales a figuras de la farándula o la muerte de algún prócer “taquillero”, que desplacen hacia temas distintos los titulares de los medios. En algún momento de la historia colombiana, cuando estaban en furor los dolorosos hechos que protagonizaron los “duros” del narcotráfico, con la imagen internacional del país por el suelo y los viajeros colombianos al exterior estigmatizados, ante el ir y venir de opiniones, el presidente de turno declaró que todo era cuestión de semántica. Entonces el debate desvió hacia filólogos, filósofos, académicos de la lengua y otras lumbreras del pensamiento, para que siguiera pasando de todo pero “semánticamente” no pasara nada. Desde entonces han corrido varias décadas, el narcotráfico está fortalecido en microempresas comercializadoras, poderosos grupos armados, manufactureros y mayoristas; y discretos capos. La opinión internacional absolvió a los colombianos y les borró el estigma. Los países europeos no exigen visas. Y deportistas, cantantes y pintores desplazaron a personajes que, después de muertos, han producido abundante literatura, cine y otras expresiones de creativos, para satisfacer el mal gusto de lectores y televidentes, y el morbo de la galería.

Las calamidades que coincidieron desde hace ya muchos meses en esta “amada patria inmortal” (según la expresión recurrente desde hace dos siglos de los oradores de turno, en efemérides como el veinte de julio y el siete de agosto); como la pandemia mundial del coronavirus, el vandalismo, el taponamiento de vías, o “cortes de ruta” (otro eufemismo), y el confinamiento forzoso de los ciudadanos, para levantarles el ánimo a los colombianos e invocarles su legendaria capacidad de superación, salió a relucir un término de origen latino, poco usado hasta ahora: la resiliencia, que quiere decir rebotar. Es decir, caerse y volverse a parar, como cae y sube de nuevo una pelota de caucho. Así de fácil. 

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