Opinión / MARZO 21 DE 2019

Escena de insomnio: él-ella

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Helo ahí: hiede a la retina. Apesta a la mirada. Fue el primer bebé que vi —tendría yo siete, ocho años—. Bueno, no era un bebé: un feto. La palabra para nombrar la escena la vida me la enseñó después: siniestra. La rememoro así: un día la profesora de ciencias naturales —un revoltijo conceptual— llegó con una caja de madera. En la puerta del aula pidió el auxilio de Carrillo y Zuluaga —los fortachones del curso— para llevar la carga hasta el largo y gris escritorio ubicado a unos pasos del tablero. Luego de llamar a lista, de acomodarse con las yemas de los dedos los crespos rebeldes, sacó de la caja tres, cuatro recipientes de vidrio: los pasó a los alumnos de las primeras filas. Con tiza roja y en letra pegada escribió en la pizarra: Gestación. En un principio poco cuidado le presté a la charla y a los frascos viajeros. Ole, ole, tome, mire, me dijo Guzmán —el flaquito de adelante—. Sin volverse del todo, me lo acercó. Helo ahí: un seismesino flotaba en la diminuta eternidad del formol. La placidez y la blandura de las facciones le daban la cara de un Buda prematuro, malogrado. Mierda, evocarlo abruma. Me fijé en los pulgares de las manos y los pies, en sus ovaladas uñas. Al estar en el último puesto, el de la esquina de los vagos y los rebeldes, pude alargar en mi pupitre la estancia del inerte peregrino.

Salvo el sabor de un puñado de ceniza en la boca, no conservo otras sensaciones de esa jornada escolar. Un abismo aterciopelado se abre en la memoria. La duda me corroe: no sé si esto procede del orbe de los sueños o si es una vivencia distorsionada por los reflectores de las lecturas y el cine. En fin. Algo sí es cierto: en la duermevela ese rostro vuelve, se estampa en mis párpados. Pienso en él-ella, en su silente destino, en la probable causa del óbito. ¿Cuánto de lo vivido por mí le pertenece en derecho?, ¿su suerte habrá manchado los huesos de la mía?, ¿cuál de los dos vegeta en el limbo: él-ella en su frasco, yo frente a esta pantalla-calabozo? ¿Debo hurgar con los índices en sus labios o incinerar para siempre el vestigio de su paso por mi existencia? Ajeno al apetito y a la saliva, ningún deseo lo estremece ni sombra alguna turba su muerte niña. Él-ella es mi destino: piedra en el estanque, N.N. cubierto por la maleza y el liquen. 

En su carne anónima y en la de mi abuelo-cadáver la parca fue pálpito impasible, indiferente. Debí plantar besos en la cabeza del viejo. Debí parir a él-ella: fingir torpeza, dejar caer la placenta transparente. ¿En lugar del berrido del neonato un ataque de tos habría sido su forma de decir aquí estoy antes de volverse polvo? Debí fugarme con él-ella, liberarlo en el cielo de lo inconcluso: el retrete. A él, a sus aguas de Jordán y Ganges, van a dar las esperanzas, los vómitos, el fruto de las entrañas. Allí se apilan miles de él-ella arrugados, violáceos, felizmente extintos.


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