Opinión / ABRIL 11 DE 2019

Escenas bohemias: Gran Polo

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En el Gran Polo ni el oído se cansa ni la retina se sacia. Sito en las entrañas del centro de Armenia, el enorme salón rinde culto a una bohemia clasemediera en retirada. La puerta, oculta en la vorágine de la calle 19 con 15, da a veintiún escalones. Quien quiera atisbar los arcanos del billar debe seguir las pisadas de los neófitos de todos los rituales: alejarse del ruido de afuera para sumergirse en el susurro del templo. En el primer ambiente las mesas de tapete azul compiten con los televisores por los ojos del visitante. Por el contrario, las del fondo —las de los oficiantes diestros— gozan de un escenario privilegiado: los jugadores descienden para desplegar sus geometrías mientras los espectadores, acodados en barandas blancas, descifran en los tics faciales el grado de dificultad de la tacada. Tomo notas. Voy del choque de las bolas al movimiento del lápiz en la libreta. Pesadas y polvorientas lámparas de metal penden sobre el frenesí.

De las paredes cuelga una galaxia de fotografías enmarcadas: el Parnaso de los billaristas. Adustos y con sonrisas tímidas, los campeones de antaño vigilan desde su anónima gloria el fragor de las mesas. El afiche de unas rotundas nalgas femeninas ilumina el orinal del piso segundo. La música del Gran Polo pasa sin rubor de la balada a la ranchera, de la salsa al tango. Una mesera de egipcia mirada esquiva, incólume gacela, los piropos del gentío. Trae en el nido de sus manos la aromática que le pedí hace diez minutos. En las sillas contiguas un par de veteranos parlotea en la jerga de las leyes. Aquí las manecillas corren para los adictos al ajedrez y al billar. Al resto del bestiario —mirones, pensionados, cesantes, alumnos oldfashion— lo dejan en paz. Al menos eso parece.

Mil pesos —un Gaitán manoseado— cuesta la hora de ajedrez. Dos mil y pico la cerveza. El Gran Polo está cubierto por una pátina de nostalgia, de tiempo ido. El promedio de edad de su feligresía supera los cuarenta años. Acá sobrevive la Armenia distante de los centros comerciales —agujeros negros en la urbana geografía— y de los cafés de naricilla fruncida donde al pintado le dicen latte y a la aromática infusión. En síntesis, allí hay vestigios de la Villa Cuyabra anterior al 25 de enero del 99, a las marejadas del turismo. Una mustia señora me ofrece la fortuna disfrazada de quinto de lotería. Digo: No, gracias. Un ajedrecista festeja con risas la caída del soberano oponente. Llega el momento de dejar la placenta del Polo —así lo llamamos sus devotos—, de salir al griterío de mil caras. Camino hasta la carrera 14 rumbo al parque Sucre. Debajo del guayacán —dios de ramas y pájaros— encuentro las palabras para culminar esta crónica-bonsái. Las cenizas de Carmelina Soto las farfullan: basta abrir los oídos. “…Ciudad de mi regazo y de mi almohada, de mi techo y mi brizna de dulzura: al andar por tus calles con premura mi infancia en ellas se quedó enredada”. Amén, Carmelina. Amén.


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