Opinión / MARZO 07 DE 2019

Escenas bohemias: Pelé

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La sonrisa extiende las alas, llena la cara. En ella, en su acogedora luz, hay algo de pan tibio, familiar. A lo mejor ese rostro lo haya visto en una buseta repleta de sudores y de carne, tal vez en el cruce de una esquina o en el laberinto de los sueños. Me acerco a la pared donde está pintado en blanco y negro. ¡Caramba! Gardel. Un Gardel anciano. En la azulada oscuridad de la taberna leo la nota explicativa: la revista Gente le encargó a un ilustrador imaginar y dibujar el aspecto del Zorzal a los ochenta años. Curioso homenaje. En el caso de los cadáveres exquisitos la vejez es una nueva y rotunda muerte. Quien entra a La Esquinita de Pelé —cerca del parque Uribe, la zona erógena de Armenia— se da de bruces con un Gardel de ciencia ficción, radiante y mancillado por el reloj. De las otras paredes penden ampliaciones enmarcadas de entrevistas a Pelé, el dueño, mesero y discómano del local.

Hay pocas mesas —cuatro, cinco—, sillas Rimax, la barra de ladrillo a la vista y una estantería rebosante de elepés. La música —tangos, boleros, bambucos— tiene el acento de lo antiguo; el carraspeo de la aguja transitando por los surcos del vinilo agasaja los oídos. En un lado del recinto un grupo de veteranos cumple los rituales de rigor: posa para las selfies colectivas, se desparrama en risas, brindis y aplausos. Pelé lo mira con cautela y bebe sorbos de Club Colombia en una copita de aguardiente. Él es cordial con las dudas de los clientes pero medido en sus respuestas. Alguien le pregunta hace cuánto trabaja en esta parcela del comercio, la de la noche, las penas, la nostalgia. Lleva —creo escucharle decir, al menos eso dice mi libreta— 31 años de oficio. Muchas escenas de despecho, llanto, babas y crujir de dientes debe haber presenciado. En tres decenios, ¿cuántos Li Po, dejando trozos de vida en el fondo de las botellas, habrán parido la idea de siempre: el amor con la mano izquierda roza la poesía y con la derecha aferra el ridículo? Lo llamo: le pido una cerveza y el tango Naranjo en flor, ojalá cantado por el Polaco: “Era más blanda que el agua, que el agua blanda...”.

Tardo tres tangos y dos boleros en apagar la sed. La mesnada de viejos se contrae y expande —caprichosa diástole y sístole— al ritmo del ron y el aguardiente. Empapados de lágrimas, chistes, hipos y confesiones, la embriaguez los acoge, les limpia el óxido de los días, les desnuda el alma. Al verlos felices y finitos apunto en mi libreta: “¿qué hay en esta música? Se acaricia el dolor como a un puñal, se acuna entre mimos a la tristeza, feto anciano escondido en el pecho”. Un dato brinca en mi mente: si crédito se le concede a la Biblia, la humanidad entera proviene del falo entintado de un borracho, el inefable Noé. Espanto la idea, pido una segunda cerveza y el bolero Nosotros: “…del amor hicimos un sol maravilloso, romance tan divino”.


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