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Opinión / OCTUBRE 22 DE 2023

Especial de Halloween 2

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Niños, dulces y disfraces

Cada 31 de octubre vemos a miles de niños deambular por las calles, exigiéndonos que pongamos dulces en sus calabacitas de plástico, mientras van disfrazados, regularmente, de pequeños superhéroes, princesas y monstruos. De vez en cuando me roba suspiros, y me hace dudar de la vasectomía que tengo pendiente, encontrarme con algún mini Michael Myers, Jason Voorhees, Freddy Krueger o cualquier otro asesinito adorable de alguna película. También he tenido la suerte de ver a un Albert Einstein mocoso y a un mini Manos de Tijera, pero nunca me he sentido tan cerca de restablecer mi fe en la humanidad como cuando vi a un Nikola Tesla de dos años acompañado por su hermanita, una Marie Curie de cuatro. Se me aguaron los ojos. Estuve a punto de besar a los papás.

Historia de una extorsión

Se especula que el origen de la divertida costumbre de salir disfrazados a exigirles comida nuestros vecinos se remonta a antiguas celebraciones celtas de hace más de 2000 años. Ellos creían que los espíritus de los muertos caminaban por la Tierra la noche anterior al Samhain (año nuevo celta), que se celebra el primero de noviembre, por lo que les ofrecían a las ánimas comida y bebida, con la esperanza de recibir sus favores. Más tarde, en el siglo VII, Samhain se transformó por mandato de la dictatorial Iglesia Católica, en el Día de Todos los Santos, pero, como hecha la ley, hecha la trampa, siguieron celebrándolo en secreto la noche anterior, con hogueras y disfraces, bajo el nombre de Víspera de Todos los Santos (All Hallow’s Eve en inglés), que con el tiempo pasó a ser conocido como Halloween. 

Otra teoría sostiene que el Halloween se originó en la Edad Media. Se dice que personas iban de casa en casa pidiendo limosna y, a cambio, ofrecían rezar por las almas de los difuntos. Si los vecinos no les daban, les hacían travesuras o “trucos”, como pintarles la puerta o romperles las ventanas. Esta extorsión era una forma de presionar la “generosidad”. Con el tiempo, la limosna se cambió por comida, como frutas y bizcochos, y, finalmente, por dulces. La oferta era trick-or-treat (truco o trato), una “amable” invitación a negociar la no vandalización de la casa a cambio de un módico incentivo. En Colombia transformamos el trick-or-treat en “triqui triqui, Halloween”. No, tía Ofelia, triqui triqui no significa “Satanás, quiero dulces para mí”, y cambiarlo por “Quiero paz, quiero amor, quiero dulces por favor” sí es de fachos. El desarrollo de los bonitos barrios suburbanos gringos, en los que los niños podían caminar de casa en casa sin mayores riesgos, impulsó la tradición. A mediados del siglo XX, los trucos de Halloween de antaño habían desaparecido. En los cincuenta se popularizó, y los disfraces pasaron de momias de papel higiénico y fantasmas con sábanas a elaborados disfraces producidos en masa, regularmente de entrañables personajes de la televisión y del cine.


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