Opinión / ABRIL 17 DE 2022

Este corto viaje 

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En este otro día que llegó y se te fue, ¿no te diste cuenta de la brevedad de tu vida ya extinguida en gran parte? Crees prolongarla muchos años más, atiborrándola de apetitos corporales de toda magnitud que harán más deplorable el efímero atajo por donde te despeñas hacia tu muerte. Se reduce cada vez más tu tiempo. Restas días mientras crees multiplicarlos almacenando objetos o filosofías, rivalizando contigo mismo o con los demás para confirmar tus egos marchitándose minuto a minuto. ¿Por aumentar tus posesiones ampliarás tu tiempo de vida? ¿Por acrecentar tu capital a veces de manera ilícita, tendrás un segundo de vida extra cuando se agote tu saldo para vivir en este imponente planeta? ¿Por acentuar tu intelecto hinchándote de galardones de papel o metal, vanas glorias académicas, sociales o jerárquicas, se prolongará un milímetro la vida que te resta y en la cual Dios –como lo percibas o juzgues, lo desdeñes o lo conceptúes – no ha sido parte importante de tu existencia? Tienes tus días contados. Hoy se fue otro de la ignorada cuota que se te asignó para vivir. Crees alargar esta excepcional fugacidad atiborrándote de trabajos, drogas, alcohol, sexo. Aquellas cosas a las que atribuyes tu felicidad. Un automóvil nuevo. Esa motocicleta de mayor cilindraje. Un celular de alta gama. Joyas, ropa, esferas sociales, intelectuales o políticas. Una ostentosa vivienda. Cada cosa de estas solo sirve para sustraerte de la meta esencial: Dios. Pero Él está eclipsado de tu superficial paso por el mundo. Gozas ignorándolo, negándolo, subestimándolo. ¿Por acumular cosas materiales alargarás tu vida? Por el contrario: precipitas un período de existencia que podría ser fértil espiritualmente. Las afirmaciones de Anandamayi, la más extraordinaria mística del siglo XX, son señales de la auténtica extensión del camino que recorriste y te queda por recorrer: “Para el ser humano lo único deseable es el amor de Dios. Él, que te lo da todo, que te alimenta con la ambrosía que fluye de su propio ser, sea cual fuere el nombre por el que le invocas, ese nombre es lo que debes tener presente en todo momento”. Tesoro que no se deteriora, ese nombre entra y sale cuando inhalas y exhalas. Ese nombre es la vida que se te da sin exigirte nada a cambio. Con cinco sentidos para que invites a Dios a tu conciencia y te dejes invitar al milagro de su creación. Si quisieras, podrías verlo cuando desciende entre las flores del amarillo guayacán, revelándote secretos de la vida y la muerte con su fragancia y su música.  La carencia de lo esencial, Dios, te induce a creer que puedes llenarte con cosas diferentes a él. Toda tu vida se convierte entonces en una carrera insaciable para adquirir cuanto aparenta colmar su ausencia. 
 


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