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Opinión / FEBRERO 07 DE 2024

Ética y educación 

Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal, no compromete la línea editorial ni periodística de LA CRÓNICA S. A. S.

El amigo y vecino durante más de tres décadas, cabeza de una familia biparental tradicional, con tres descendientes, profesionales en diversas áreas, pero vinculados todos a la educación oficial, me visitó a comienzos de 2022. Al borde del llanto, quebrantado el ánimo, expresaba su dolida queja: -Cómo le parece; usted nos conoce en lo individual y como familia; igual, sabe bajo qué principios se formaron nuestros hijos, hoy día autónomos, con sus hogares y trabajos… Ayer nos reunimos en casa. La “orden” de ellos, unánime y terminante, para mi esposa y yo, fue votar por Petro y por sus listas. Si no lo hacemos o no lo demostramos, se pondrían en riesgo, no solo sus empleos, sino la armonía familiar. Asumí la deplorable condición del padre, miembro carnetizado del Partido Conservador durante toda la vida de votante, siempre leal a su línea ideológica, conminado entonces por sus propios hijos a traicionarlo, a renunciar a algo tan íntimo, tan propio como el apego a ideas políticas, filosóficas, pero sobre todo, éticas, a favor de un personaje con antecedentes terroristas, delincuenciales, con claros propósitos destructivos.

Ignoro cómo resolvió mi apreciado amigo su dilema. Ser o no ser, he ahí el asunto, tal como lo planteaba el gran William. Sé en cambio que es difícil idear un grado   peor de bajeza, de ruindad, de miseria humana, que apropiarse del plano más sagrado e inviolable de un ser “querido” para convertirlo en moneda de trueque en el mercado del poder político. Hasta allá no llegó Marx en su Crítica de la Economía Política.  

¿Que es práctica recurrida en la órbita electoral en Colombia? Seguramente. Sabemos que los politiqueros mafiosos usan este y otros recursos, como la compra directa y en efectivo de votos, para forzar votaciones a su favor. Pero, ¿no es el del ex M-19, el gobierno del cambio? ¿No se proponía como el adalid de la anticorrupción, eliminar de tajo toda costumbre política malsana, para generar confianza ciudadana en las instituciones?

La era Petro será recordada, no por beneficios alcanzados a favor de sectores populares desposeídos, por avances económicos y sociales, por la erradicación de la corrupción, o por la consolidación de la Paz. No. Si algo ha distinguido hasta ahora estos meses oscuros, inciertos, de crispación del ánimo colectivo, es el derrumbe del edificio ético nacional.

En cada escándalo, en cada episodio de cuestionamiento de la conducta personal o política del presidente, se ve comprometida, además de posibles violaciones a la ley, su actitud antiética, amoral.  

De regreso al tema de los quinientos millones aportados por la agremiación de sindicatos de la educación pública a la campaña presidencial anterior, la sustancia penal o no del conflicto, además de contravenir normas o códigos, implica una monstruosa e intolerable violación ética. ¿Los docentes colombianos, según ellos mismos, mal remunerados y peor socialmente valorados, destinando recursos de sus flacos presupuestos familiares a campañas políticas de partidos no afines con la democracia, elevando al solio de los presidentes a un delincuente declarado e impune?  

¿Con cuáles argumentos le explicarán al país nuevas aspiraciones salariales reivindicativas, si su destino nada tiene que ver con su bienestar personal o de familia? El compromiso social de los educadores queda en discusión. El primero, el elemental, de transmitir valores morales, de criterio y comportamiento a sus alumnos, está en duda. El gremio hipotecó su conciencia a la rastrera política.
 


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