Opinión / AGOSTO 12 DE 2022

Gato muerto

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Fui creciendo con el relato de los poetas. Cuando salí de bachiller del colegio Jorge Robledo conocí al primero en mi camino. Su voz y su poesía irónica, erótica y moderna, me perseguían al leer otros libros. Se convirtió en mi amigo, Elías Mejía, una leyenda por su militancia poética. 

Conocí luego a Umberto Senegal, y sus cuentos me descubrieron el callejón del barrio Ortega y el ancho de las nubes y los sueños. Escuché un día al narrador Orlando Montoya mientras declamaba, en el bar Valentino: casi muero de la emoción por su letanía estentórea. Los poetas, en mi solar, como algunos aprendices de filósofos, eran un panal para abejas incautas.  

Cuando Umberto Senegal me fue a presentar a su padre, al escritor Humberto Jaramillo Ángel, el día de la fundación de la revista Kanora, con Carlos Alberto Villegas y Fabio Osorio Montoya, salí escapado de su casa. El mismo hijo me contó sobre el temperamento de su papá, acerca del hedonismo pueblerino de Baudilio Montoya y sobre la certeza política de Luis Vidales. Eran todos escritores y mojones intelectuales de nuestra aldea. Los guayacanes florecían más abundantes si los ojos de los poetas los miraban al borde de las montañas.

Después supe de la reciedumbre de Carmelina Soto, nuestra gran poeta, y sus pasos por Armenia, por el Parque Uribe, y su austera expresión pública. Miraba, callaba, mascullaba y escribía.

Creo que la poesía, la literatura, debe ser un bien social, y ahora esa manifestación se vuelve haz de luz en las redes sociales, en las canciones y hasta en la publicidad. Los poetas, aquellos que escribían desde sus incertidumbres y dolores, han perdido trascendencia comunitaria. Los poetas, en los bosques tradicionales, son preciosos animales en vía de extinción.

No he leído en forma cabal a Mircea Cartarescu, el rumano. En un capítulo de El ojo castaño de nuestro amor, El gato muerto de la poesía de hoy, me encontré con una anécdota recreada de un monje Zen. 

Al preguntarle a un monje sobre cuál es el objeto más valioso del mundo, el hombre sabio responde que es un gato muerto, porque nadie puede ponerle precio. Dice: “La poesía es el gato muerto del mundo consumista, hedonista y mediático en el que vivimos. No se puede imaginar una presencia más ausente, una grandeza más humilde, un terror más dulce”.

Cada vez que presiento la muerte de mi mente, intento escribir poesía: me sale mala y patética, pero entiendo en su borboteo la fresca bendición de la vida.

Digo lo anterior porque leeré los poemas de Yeni Zulena Millán Velásquez, en Diario de la Inmóvil, El incierto color de la luz, la bella prosa de Esperanza Jaramillo, y la Ansiedad sobre los senderos, de Cristian Felipe Leyva Meneses. Algunos poemas o fragmentos, cuando los leo, me devuelven un significado de vida perdido. Me sumergiré en sus páginas para conocer sus estéticas actuales y, claro, para saber un poco más de mis torpes imaginarios. 
 


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