Opinión / NOVIEMBRE 27 DE 2020

Gerencia humanizada

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Las órdenes se dan en bases militares y escuelas religiosas; y en entidades dirigidas por autoritarios, que de esa manera marcan distancias con los subalternos, imponiendo temor, más que acatamiento. La capacidad de un ejecutivo que tiene a su cargo una organización de cualquier tipo, con personal operativo bajo su responsabilidad, se mide por la forma de trazar derroteros, diseñar estrategias de producción, administración y mercadeo; señalar tareas al personal encargado de las diferentes áreas y calificar resultados. Además de mantener un ambiente agradable de trabajo y estimular a los subalternos para que cumplan sus funciones con agrado y escalen posiciones que sirvan para la superación personal y el mejor desempeño de sus trabajos, lo que finalmente es de beneficio mutuo para el empresario y sus trabajadores. Para que las cosas funcionen así no es necesario demostrar la autoridad con arrogancia y malos tratos, propios de gruñones mal educados, que confunden la disciplina con el látigo de los capataces en los cañaduzales de la ignominia. Los tristemente famosos ‘negreros’.

El paternalismo no es debilidad ni un sistema caduco de dirigir empresas. Por el contrario, ha demostrado que puede producir excelentes resultados cuando, además de tener la organización un buen producto, un mercadeo eficiente y un manejo administrativo y financiero juicioso, conserva un ambiente de trabajo armonioso, grato y estimulante, que es lo que ahora se identifica como ‘valor agregado’, que es una utilidad adicional desprovista de costos.

Como “todo cambia, todo se transforma”, según advirtió Heráclito, el estilo de manejar las empresas no ha sido extraño al fenómeno advertido por el filósofo griego y es objeto de cambios que imponen la educación de los gerentes, la capacitación de subalternos y relacionados —contratistas—, la tecnología aplicada a los procesos de producción, administración y mercadeo y las relaciones interpersonales entre quienes intervienen. Alguien se equivocó de medio a medio cuando desconoció, o, peor, menospreció, el estilo patronal de sus antecesores —en el caso de las empresas familiares— y codificó a subalternos y asociados, siguiendo normas aprendidas en universidades nacionales y extranjeras, para deshumanizar las relaciones obrero-patronales y asociativas y reducirlas a lo estrictamente legal, como si el buen trato, la cercanía, el afecto y el apoyo a los subordinados para su bienestar y superación personales, y de sus familias, fueran un síntoma de debilidad. Por esa vía se han visto desaparecer organizaciones otrora emblemáticas, o caer en poder de pulpos empresariales, para que la humanidad sea más fría y distante, aunque las empresas sean más rentables.


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