Opinión / SEPTIEMBRE 11 DE 2021

Gotas de vacío

Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal, no compromete la línea editorial ni periodística de LA CRÓNICA S. A. S.

1.La Fonsedalada. Emerge o florece espontánea de aquella música que alguien escucha con reverencia. Música como ceremonia del alma y los sentidos. No un simple entretenimiento. Se percibe con los ojos entrecerrados. Es más clara con ellos cerrados. Si sucede en una habitación a oscuras, es más efectiva. No tiene forma concreta. Cambia rápida de apariencia y no es fácil que la mirada la ubique con apariencia específica. Se conoce que es una Fonsedalada porque el tema parece prolongarse, la melodía se alarga sin incoherencia alguna y, torbellino de luces multicolores, se desplaza por la habitación, lenta, ascendiendo y descendiendo mientras se aspira olor de romero húmedo. Las Fonsedaladas son de múltiples variedades, de acuerdo con la música que uno escucha. Si se sube el volumen, la Fonsedalada se achica. Y viceversa. Tal efecto musical se relaciona con la música objetiva de la cual Gurdjieff y Ouspensky expusieron algunos elementos en sus obras.

2. A mi soledad llegan cosas y personas. Desean llenarse de sentidos, razones, emociones y sentimientos. Desde una cerilla o un lapicero, hasta una adolescente exigiendo sexo o un amigo apremiando leer sus textos. Escucharle. Leerle sin cuestionarlo. La naturaleza puede leerse sin juzgarla ni intentar comprenderla. Cosas y personas no interrumpen mi soledad. La enriquecen. Sigo solitario cuando están a mi lado o se van. Este es uno de mis íntimos placeres. Cuanto me rodea me hace compañía sin separarme de mi estado interior. Esas cosas e individuos acrecientan mi soledad. Las despedidas, como árboles a los cuales se les caen las hojas, me renuevan. Otras hojas, otras aves, otros frutos se anuncian en aquello que parece marchito. Mi soledad se enriquece con la pasajera presencia de quienes llegan a solicitarme algo y luego ya no están. Existen solo como recuerdos borrosos.

3. El sentimiento poético, la apreciación de la poesía que desde dentro de nosotros percibe el mundo exterior, es un ángel que, cayendo del cielo hacia la tierra, en su descenso se descubre ascendiendo de la tierra al cielo. El que asciende ve al que baja; y este que cae, observa a quien sube. Ambos se miran sabiéndose el mismo y, sin embargo, continúan cada cual en la dirección que llevan, gozando la presencia del mundo.

4. ¿Qué espera Dios de mí y de él, en la oración que pueda yo pronunciar? ¿A qué lugar del alma y del mundo, del cuerpo, la realidad o la fantasía, puedo llegar con la oración dentro de mí y fuera de él? ¿Es igual para Dios, si me le aproximo con silencios que con palabras? ¿Cómo escucha mis palabras cuando me dirijo a él y a mí mismo? ¿Empleo silencios para aproximarme a él y a mí mismo? 


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