Opinión / OCTUBRE 22 DE 2020

Guerras recicladas

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El 17 de octubre de 1899, el ala más radical del partido Liberal se alzó en armas contra el régimen conservador atacando intempestivamente a Bucaramanga. El gobierno lo presidía Manuel Antonio Sanclemente, mandatario de avanzada edad, junto con el vicepresidente José Manuel Marroquín. En ese entonces se enfrentaron los partidos Liberal y Conservador. Estos, como suele ser tradicional, estaban divididos en bandos, unos más radicales que otros. Los liberales en tradicionales —moderados— y belicistas —radicales—; los conservadores en históricos —moderados con ciertos aires liberales— y nacionalistas —retardatarios extremistas—.

Aquella guerra librada entre 1899 y 1902, en realidad duró 1.130 días. En ella prevalecieron los combates cruentos e intensos, librados por tropas irregulares del liberalismo enfrentadas a un ejército organizado con poca experiencia que representaba al gobierno conservador. Esta, como todas las guerras, tuvo su origen en conflictos anteriores como la guerra civil de 1895 y el fraude electoral de 1897, donde los liberales quedaron fuera de cualquier participación política.

De esa guerra inútil, costosa y sin gloria, basta recordar nombres como Palonegro y Peralonso para evocar el horror y la sevicia con que fue librada. En ella combatieron “[…] hombres miopes para el bien y para el mal” como la frase de Joseph Conrad en su novela Nostromo. Toda una generación perdida cuyos sobrevivientes habrían de regresar a sus terruños para encontrar hogares desechos y ranchos destruidos.

En medio del agotamiento generalizado finaliza la guerra en 1902. El 24 de octubre, tras un armisticio pactado, se firma el tratado de Neerlandia en cabeza de Rafael Uribe Uribe. Posteriormente se ratifica el pacto en el buque Wisconsin, perteneciente a la flota estadounidense, fondeado en aguas panameñas, con presencia de los generales liberales Lucas Caballero, Eusebio Morales y Benjamín Herrera, y por parte del gobierno, Víctor Manuel Salazar y Alfredo Vázquez Cobo. Por último, se firmaría en norte de Santander el Tratado de Chinácota. Como resultado de lo acordado, además del reconocimiento de los revolucionarios como beligerantes, se ofreció una paz con garantías y el compromiso del gobierno de liberar a los presos políticos. 

El martes 21 de noviembre de 1922, el diario El Tiempo publicó en su primera página un artículo que tituló Homenaje a la paz de Colombia. El texto celebraba el vigésimo aniversario de la firma en el Wisconsin. En uno de sus apartes decía: “[…] la paz es la mejor garantía de la libertad y del derecho, la única palanca del progreso. En la paz llega la cultura a los espíritus y va acendrándose el respeto por las ideas y los derechos ajenos, que es la flor de la civilización. Celebramos 20 años de paz decorosa y libre no impuesta por las bayonetas, ni garantizada por la mordaza y las cadenas. […] La paz ha existido porque la impuso la conciencia nacional, porque supimos aprender la lección del desastre”. Pero esa lección como tantas otras con el tiempo se olvidó. Finalmente, para desgracia de los colombianos, el veneno prevaleció. 


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