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Opinión / JUNIO 18 DE 2024

¿Hacia dónde debe avanzar la educación?

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La educación superior es determinante para el desarrollo integral de un país, eso no tiene discusión; sin embargo, la formación universitaria enfrenta enormes desafíos, asociados la falta de actualización de los planes de estudio, el impacto de la globalización, las nuevas tecnologías y las exigencias de la sociedad del conocimiento. Así mismo los cambios significativos en las valoraciones éticas y morales, en el contexto sociológico, epistemológico y sicológico para el desarrollo de los procesos pedagógicos. Por otra parte, las normativas académicas se han flexibilizado de tal manera que, abundan las “universidades de garaje”; aquellas que son habilitadas en cualquier parte -un garaje, un local, lo que sea- sin las mínimas condiciones funcionales para la orientación académica; y las de hotel, a esas llegan docentes el viernes en la tarde, y de ser “necesario” en cualquier lugar desarrollan las jornadas educativas. Además, en algunas universidades existe una especie de divorcio entre la docencia y la investigación; todos estos fenómenos muy seguramente se deben a las “bondades” de la Ley 30 de 1992, que permite ciertas libertades, tal vez, pragmáticas, en respuesta a la demanda de los segmentos poblacionales, lo que ha facilitado que, la educación superior se encuentre actualmente en una variada y compleja estructura de instituciones de formación superior, que si bien están reglamentadas y controladas por la norma, también se mueven bajo el impulso de sus propios intereses, que no siempre garantizan la calidad académica.  Por lo tanto, la educación superior en Colombia, a pesar de los esfuerzos del gobierno nacional por ampliar la cobertura y garantizar el acceso a las instituciones educativas, miles de jóvenes todavía sufren las perversas barreras económicas para ingresar a la formación superior de calidad, lo que claramente impide las oportunidades de superación personal y el desarrollo profesional a una gran parte de la población. En ese contexto, y frente a los desafíos que encarna la presencia de las nuevas tecnologías, la academia debe repensar la educación superior, con mayor audacia para apostarle a nuevos formatos pedagógicos con contenidos disruptivos que involucren más los debates, para fomentar la argumentación pensada y razonada. Adicionalmente, es urgente revisar los programas académicos para hacerlos menos densos; su infraestructura para evitar “universidades improvisadas; y la formación de los docentes para garantizar una formación de alta calidad, que permita la inclusión, la cual es determinante para procurar que todas las personas tengan igualdad de oportunidades para acceder a la educación superior, independientemente de su origen socioeconómico, ubicación geográfica o cualquier otra condición, por lo que el avance hacia la calidad implica mejorar los programas académicos, la formación de docentes, la investigación y la infraestructura; para lograr que los estudiantes reciban una educación de alto nivel, con una preparación adecuada para enfrentar los retos del mundo moderno con sus exigencias digitales; finalmente la educación superior debe ser pertinente, es decir, debe estar alineada con las necesidades reales del país y del mercado laboral, lo que implica una actualización constante de los programas académicos y un enfoque en el desarrollo de habilidades prácticas y competencias que sean relevantes para el entorno laboral actual y futuro.


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