Opinión / DICIEMBRE 04 DE 2021

Humildad

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Del latín humilitas: Virtud que resulta del sentimiento de nuestra bajeza. Sus sinónimos son: Sumisión, rendimiento. Es lo contrario al engreimiento, a la vanidad. Si esta gran virtud estuviera presente siempre en cada uno de nuestros actos, seguramente cambiarían muchas situaciones que, en algún momento, nos han conducido a malos entendidos, a ofuscaciones innecesarias, a peleas sin sentido, a sinsabores que, de alguna manera, afectan la salud, el bienestar, la vida toda.

Cuando nos revestimos de humildad, somos capaces de ver en el otro, cualidades inimaginables, atributos, méritos, que a veces pasan desapercibidos para una gran mayoría de personas. Cuando la humildad está presente en nuestra vida, es cuando reconocemos que existen seres mejores; que son muchos los que tienen cualidades que a nosotros nos faltan; que hay personas que hacen el bien por doquier y que han pasado su vida en servicio del más necesitado; que son muchos cuya existencia ha sido un derroche de generosidad y su misión siempre ha estado revestida de caridad y de amor al prójimo.

Un enorme ejemplo, ha sido por siempre, la humildad de ese gran hombre que se llamó Francisco de Asís; desde el momento en que renunció a las riquezas de su familia y empezó su caminar por el mundo, sembrando mucho amor. Son palabras suyas: “Oh Divino Maestro, concédeme el no buscar ser consolado, sino consolar, ser comprendido, sino comprender; ser amado, sino amar; pues al dar recibimos; perdonando somos perdonados”.

Aquí, vale la pena hacer énfasis en el perdón. Sabemos que, para mucha gente, el perdonar es difícil; dicen que es imposible, que no son capaces de hacerlo, que la ofensa fue tan grande que no da espacio para el perdón; que eso de perdonar es para los santos; que perdonan, pero no olvidan; en fin, un sinnúmero de expresiones que simplemente nos están mostrando una sola verdad. Falta de humildad. Cuando ésta se hace presente, lo más maravilloso, es el perdón; cuando alguien desee olvidar el rencor, el resentimiento, llénese de humildad, revístase de modestia, de sencillez, y perdone. Estamos viviendo la Navidad y hace dos mil y más años, Jesús escogió un humilde pesebre para su nacimiento; he ahí la más grande prueba de humildad. Ha pasado muchísimo tiempo después de este acontecimiento y a pesar de estar en el siglo XXI; en el tiempo del enorme desarrollo de las comunicaciones, de la alta tecnología, del afán del hombre por probar científicamente la existencia humana; de los tiempos antivalores que vivimos, de la cantidad considerable de descreídos, la historia de Jesús permanece y perdurará por siempre. Es Él, el más fehaciente ejemplo de humildad.


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