Opinión / FEBRERO 07 DE 2021

Insomnio

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Desde que comenzó la pandemia, en marzo del año pasado, un porcentaje alto de personas reporta tener dificultades para dormir. Muchos experimentan la sensación percibida de un deterioro en la calidad y cantidad de sueño que necesitan para descansar. Muy probablemente asociado a un cambio drástico en las rutinas: levantarse y acostarse más tarde de lo normal, disminuir la exposición a la luz solar de la mañana, retrasar los horarios de alimentación, la reducción de la actividad física y el aumento del uso permanente de los dispositivos electrónicos -la exposición a la luz brillante de celular, el computador o la tableta puede inhibir la producción de melatonina, una hormona que regula los ciclos de vigilia y sueño-. 

Una explicación biológica es que los seres humanos estamos programados para permanecer despiertos, alerta ante el peligro y eso es adaptativo en un contexto como el que nos enfrentamos. Las noches de insomnio, preocupados por el dinero, el empleo, el temor de contraer Covid-19 y transmitirlo a los seres queridos, entre otros factores que nos están literalmente quitando el sueño, son comprensibles. El tema es que, si estas reacciones iniciales de estrés se mantienen, se configura el insomnio, que es un trastorno caracterizado por dificultad para conciliar el sueño, para permanecer dormido o despertarse antes de la hora esperada o todas las anteriores según el caso. Muchas de estas personas pueden ver afectada su capacidad para funcionar durante la vigilia y tendrán consecuencias como irritabilidad, somnolencia, cansancio o incapacidad para concentrarse. 

De otro lado, la falta de sueño puede aumentar el riesgo de problemas de salud crónicos como diabetes, obesidad, presión arterial alta, enfermedad renal, enfermedad cardíaca y depresión. El sueño también se considera un aspecto fundamental de nuestro sistema inmunológico y tener las defensas altas en este momento es una prescripción altamente efectiva. 

Dormir tranquila y profundamente amerita cambios tácticos en el estilo de vida diaria para romper los malos hábitos y dormir de manera saludable. Volver a un horario regular para acostarse y levantarse, incluso si primero significa privarse del sueño para hacerlo, desconectar pantallas 1 o 2 horas antes de acostarse. Hoy cuando las personas trabajan tantas horas en casa, la restricción del tiempo en cama es clave para asegurarse que siga siendo un lugar para dormir por la noche y no un lugar para la actividad. 

Un truco que me enseñó la neuróloga para mi trastorno de sueño, que tengo desde hace muchos años antes de la Covid-19, es reservar 20 minutos cada día para escribir en una hoja de papel todas las cosas que me quiten la calma. La premisa es que, si nos preocupamos a la misma hora y en el mismo lugar todos los días, el cerebro se acostumbra a no usar las horas de sueño resolviendo los miles de inquietudes pandémicas. 


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