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Opinión / JUNIO 23 DE 2024

Instrucciones para lavar loza

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Antes de sumergirse en esta experiencia potencialmente traumática, es indispensable que adopte una disposición anímica adecuada y se concentre únicamente en su meta, intente tolerar el camino. Pocas tareas de su vida cotidiana le explicarán tan prístinamente el significado de la frase de Nicolás de Maquiavelo “el fin justifica los medios”. La tediosa responsabilidad de lavar loza es una desagradecida obligación hogareña que le concederá efímera paz, porque cada plato lavado, cada cubierto brillante, lo acercará a una tregua temporal: tener una cocina impecable… por unas cuantas horas. Usted firma un tratado de paz con una banda de orcos hambrientos.

Después de exhalar y haber aceptado con resignación su destino, diríjase, ya sea comprensiblemente cabizbajo o sospechosamente sonriente, hacia la poceta. Existen dos tribus urbanas de lavadores de platos: los ‘¡Ay!, mis deditos’ y los ‘A pelo’. El segundo grupo se caracteriza por ser un poco más primitivo. Que no se le haga extraño ver a sus miembros caminando descalzos por la calle o comiendo espaguetis con cuchara. Si usted usa guantes por preferencia, prevención o dermatitis, primero ubíquelos visualmente, introduzca media nariz en uno de ellos e inhale con precaución el aroma que emana del interior para comprobar su grado de pulcritud. Proceda a forrarse cada falange con las fundas de látex, imitando la portada del álbum Enema of State.

Determine cuáles piezas de loza le están ocasionando más estrés pretraumático, contaminación visual y atasco. Tómese unos segundos para crear en su mente un método que le suene medianamente eficiente. Contemple de una vez el lavado, secado y almacenamiento. Los platos se lavan primero en la imaginación. Si la canción de Tetris aparece de la nada en su cabeza, aprovéchela, lave y acomode cada plato en su mente antes de hacerlo en el mundo material.

Proceda a equipar la esponja con jabón, ya sea en crema, gel o polvo. Abra la llave del agua con mesura y deje caer un chorro encima. Manosee el esponjoso rectángulo hasta que las burbujas revelen que tiene el jabón suficiente. Deslícelo con firmeza por la primera pieza de loza de la lista que previamente diseñó y haga lo humanamente posible por conservar la paz durante todo el proceso. Sortee texturas viscosas y olores repugnantes. Recuerde que para remover los residuos que se aferran al fondo de la olla como Clint Eastwood a la vida, puede dejarlas en remojo, ya sea para que las lave usted mismo en el futuro o con el tan humano y comprensible propósito de que, con algo de suerte, el siguiente higienista esté tan derrotado anímicamente que no pregunte ni objete, y asuma la tarea que le correspondía a usted sin inmutarse. Una vez culmine la tarea, lave la poceta y seque los alrededores. Exhale. Recobre paulatinamente su habilidad de apreciar la belleza. Sienta la tersura de sus manos secas. Observe su cocina limpia con orgullo. El mundo necesita más personas como usted. Sírvase un vinito, lo merece. 


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