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Opinión / MARZO 05 DE 2023

La cita

Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal, no compromete la línea editorial ni periodística de LA CRÓNICA S. A. S.

Imaginemos que dos individuos, en este caso, hombre y mujer, se protoconocen en una de tantas aplicaciones para pescar potenciales amigos, novios, esposos, encuentros eróticos casuales… encontrar personas con traumas de infancia similares. Imaginemos que, después de haberse aprobado las caras, parte de sus cuerpos y una serie de gustos clichés, plasmados en sus descripciones, deciden verse en un café, inicialmente, para charlar.
 

La mujer, a quien de ahora en adelante llamaré “Ella”, propuso como lugar de encuentro un bonito café en el norte de la ciudad y llega primero. El aire que por donde pasa queda impregnado de Dolce & Gabbana Light Blue y va vestida como para una entrevista de trabajo. El tipo no llega aún. Quedaron de verse a las siete, y ya son las siete cero seis.

Hagamos de cuenta que el hombre, al que seguiré diciéndole “Él”, llega a la mesa en donde se encuentra Ella, diez minutos más tarde. Viste un jean, una camisa blanca Arturo Calle y huele a Speed Stick 48/14. La mira, o más que eso, la escanea. En los cuatro segundos previos al abrazo de saludo analiza su aspecto físico a detalle para descartar engaños mayores patrocinados por PhotoShop.

Habla Él:

—Hola, Ella, yo soy Él.

—Hola, Él, yo soy Ella. Qué rico conocerte.

Se sientan. Inmediatamente llega la mesera. Ambos piden café. Él, que en su perfil de Tinder se autoproclama “adicto al buen café”, lo pide con leche y tres de azúcar. Ella, que en su perfil de Bumble se define como “100% Hakuna Matata. Peace and love forever”, no puede evitar que se le salga un «pff».

Habla ella:

—En tu perfil dice que te gusta el buen café…

—Sí, ¿por qué?

—Elegí este sitio por ti. El café es buenísimo y carísimo, no puedes ponerle leche ni azúcar.

—¿Disculpa?

—Si alguien es realmente “adicto al buen café”, no querría perderse las notas a vino tinto, caramelo, cerezas del bosque, vainilla, naranja y panela que prometen en esta carta.

—Me encanta el café… con leche y azúcar. Técnicamente no dije ninguna mentira. A veces tomo instantáneo...

—Mira... está bien, pasemos a otro tema. —dice Ella, con algo de dulzura y mucha resignación.

—Hablemos de música. ¿Te gusta el jazz? –pregunta Él.

—¿El Jazz?

—Si... Miles Davis, Thelonius Monk, John Coltrane...

—Yo soy más de Beyonce, Rihanna, Adele…

(silencio incómodo)

Habla Él:

—¿Sabías que el ambientalismo de los países nórdicos es una mentira? Cumplen sus agendas ecológicas gracias a que ubican sus industrias más contaminantes en países subdesarrollados. Es decir, no es que no produzcan porquerías, las echan en el patio de otra casa.

—¿Disculpa?

— La única posible utilidad del arte está en que nos revela nuestros propios sentimientos, como hace el psicoanálisis. El arte hace que uno descubra sentimientos propios.

­­—Te aprendiste estas cosas de memoria para intentar impresionarme, ¿verdad?

—Me descubriste.

—No fue un gran reto. Definitivamente la vida es una comedia escrita por un autor sádico.

 Se para.

 La cita ha terminado.


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