Opinión / JULIO 30 DE 2021

La dulzura de Tomás

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Alguna vez conocí a Tomás González en el Encuentro Nacional de Escritores Luis Vidales, y no pude hablarle. Había leído un par de novelas suyas, y quería preguntarle cómo había llegado al estilo claro de su prosa, lógico y poético a la vez, y arrancarle los secretos de su luminosidad en medio del drama o del desastre de una vida.

No pude preguntarle, por ejemplo, cómo había logrado entronizar esa tragedia griega, en los calores del Golfo de Urabá, en su relato denso de Primero estaba el mar. En esa novela nos cuenta la vida de una pareja de antioqueños, que en la búsqueda de un lugar excéntrico y tranquilo se enfrenta a la devastación. En esa historia se oye el regurgitar de un mar que todo lo oxida y engulle. Hasta a la misma soberbia de ese patio de costumbres que algunos despistados de provincia llaman nación o “raza” paisa. 

Nunca pude hacerlo, preguntarle por las claves de esa clarividencia de su estilo porque no pude vencer los silencios largos de su personalidad, articulados con mi propia inhibición. Me senté a su lado para hacerle preguntas, y solo escuché el murmullo de sus quijadas o el rumor leve de su respiración. ¿Cómo hacía, hace, para desenhebrar la maraña tóxica de las pasiones humanas con tanta suavidad estilística?

Casi todo lo escrito por Tomás González deslumbra. Es como si sus dedos estuvieran impregnados de sustancias dulces o de la magia de un palabrero mayor que logra remover la metástasis del dolor de los seres humanos, a través de sus historias de odios y amistades ciegas, como ríos turbulentos que caen, contaminados, en el tamiz del agua de mar. El dolor que se reconvierte en vida o la vida que alcanza a vislumbrar una luz al final del túnel.

En las más recientes novelas de este autor aborda el tema de la vejez, y lo ausculta desde sus debilidades y certezas. Es notable, casi hipnótico, cómo cuenta el retiro de un profesor universitario, Esteban, a una propiedad en las afueras de la ciudad, donde se dedica a componer las hileras y la geometría de un jardín que representa su ideal de belleza. 

Acabo de terminar El fin del Océano Pacífico, y si bien estuve a punto de abandonar su lectura, la obstinación de sus anécdotas de familia, el redescubrimiento del arribismo andino, la desmesura y la mentira dañinas instaladas en la cultura de Antioquia, llevada de paseo al mar, y ese estilo modoso, a veces insustancial de esta novela, me llevó a persistir. A tratar de averiguar lo que venía.

El final del texto reivindica a González, a quien en esta oportunidad le sobraron páginas y personajes, y también poder en su estilo para darle sentido a un barco bamboleante en medio del aguacero pertinaz del Chocó.

Apoteósico el final: el apagamiento y la muerte misma de Ignacio. Una obra que nos permite redescubrir que hay un rumor de ausencia por nuestras arterias.
 


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