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Opinión / FEBRERO 22 DE 2024

La lección de un pacifista

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Los estudios sobre conflictos, violencia y paz, sienten la ausencia de quien logró grandes avances y contribuciones en este campo: el profesor noruego Johan Galtung (1930-2024). Doctor en matemáticas y sociología,  profesor de Ciencias de la Paz, experto en mediación y resolución de conflictos, enseñó en prestigiosas universidades del mundo (Oslo, Berlín, París, Santiago de Chile, Buenos Aires, Princeton y Alicante, entre otras). 

Considerado uno de los padres de la Irenología (estudios sobre la paz), contribuyó por más de medio siglo a desarrollar una visión integral sobre las confrontaciones en todas las esferas y las posibilidades de su trámite por vía del acuerdo y la transformación. 

Toda persona comprometida con la construcción y la educación para la paz ha oído hablar de la teoría de la violencia de Galtung. Representada por un triángulo en el cual se explica el cómo y el porqué de la violencia, en la parte superior (semejando la punta de un iceberg) ubica a la violencia directa. Sumergida, no visible y mucho más voluminosa, están la violencia estructural y cultural. El triángulo supera la mirada tradicional que identifica la violencia con la agresión directa y reconocible (física, verbal, sicológica), señalando dos escenarios de violencia indirecta: el estructural, intrínseco a los sistemas sociales, políticos y económicos (estructuras); y el cultural, relacionado con las tradiciones, costumbres, creencias, pensamientos, actitudes y conductas que tienen como objetivo justificar, minimizar y normalizar las manifestaciones de violencia. 

Galtung sostenía que las causas de la violencia directa están relacionadas con situaciones de violencia estructural y justificadas por la violencia cultural. El triángulo propuesto por Galtung obliga a replantearse la concepción de paz en la que a la fórmula tradicional de lograr acuerdos para “poner fin” a los conflictos violentos y las guerras (paz negativa) debe agregarse una paz positiva, es decir, aquella que busca superar las otras expresiones de violencia procurando la satisfacción de las necesidades humanas y los niveles de convivencia deseables. 

Pero de poco o nada sirven las lecciones de Galtung si no estamos dispuestos a transformar aquello que nos es posible, aquello que está bajo nuestro control. Si no queremos reproducir la violencia, si queremos transformar el entorno, ¿qué podemos hacer? Tal vez, empezar por reconocer la violencia en nuestras relaciones (primero con uno mismo y después con los demás). El proceso puede ser doloroso, especialmente si ha sido la forma en la que aprendimos a tratarnos y a tratar a los demás. El cambio es posible, exige esfuerzo, paciencia y sabiduría. No podemos seguir viviendo en un mundo de vencedores y vencidos, en una realidad oscurecida por el fanatismo, donde cada “victoria” se transforma en derrota, pues al final… perdemos todos. 

Por eso, es necesario desparapetarse y avanzar hacia una especie de “desarme cultural”, una tarea intrépida, de corresponsabilidad, de verdaderos valientes. Tarea que, a todas luces, vale la pena.


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