Opinión / OCTUBRE 21 DE 2021

La mujer que bailaba en la madrugada

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Cuando Emmanuel terminó de dar la segunda ronda se acercó y me dijo que tenía ganas de fumar un cigarrillo, es decir, de jugar con el humo que volaba de su boca a menos diez grados. Mi segunda ronda había finalizado diez minutos antes y me encontraba sentado en el muro de la torre norte. Lo miré, asentí con la cabeza invitándolo a sentarse, volteó sin ninguna expresión en su rostro, caminó y se quitó del cinturón el arma de dotación. No dijo nada, se sentó y se disparó en la cabeza. Eran las cuatro de la madrugada. 

Tenía 23 años. Nos conocimos en el ejército de los Estados Unidos, en 1968, exactamente el día del asesinato de Luther King. Estábamos en guerra pero nada nos perturbaba: éramos jóvenes. No tenía hermanos, alto, ojos grandes, cejas promontorias y la sospecha de ser un muchacho serio. Cuando regresamos de Vietnam, derrotados, nada volvió a ser igual. La cobertura de los medios fue permanente, intensa, extraña, ¡cómo no!, era la única derrota militar de Estados Unidos en lo que iba del siglo XX y, además, el primer conflicto televisado de la historia. Pasaron nueve años para volvernos a encontrar. 

Una mañana, mientras compraba algunos víveres, nos cruzamos y conversamos unos veinte minutos. «Debo irme», dijo apurado, y me invitó a celebrar el cumpleaños de su hija menor. A la semana siguiente estaba allí, en su casa, con mi familia y la suya y otras más. Esa noche, después de recordar nuestras hazañas, le propuse que trabajáramos juntos. Fue entonces cuando hicimos parte de un equipo de seguridad de una fábrica de aeronaves. Teníamos que vigilar las zonas de construcción, en turnos de once de la noche a siete de la mañana. No era tan difícil.

Una noche de enero Emmanuel salió de la torre norte un poco paranoico, con sus ojos desorbitados y caminó apresurado hacia donde yo estaba. ¿Qué pasó?, pregunté asustado. Quédate quieto y mira detrás de la torre sur, pero shhhh, cero ruidos. Mira, ¡hay una mujer bailando! Me dijo en voz baja, inquietante. Volteé y, por supuesto, no había nadie. Caí. Emmanuel soltó la carcajada y comenzó a fumar. Era una más de sus bromas. Así nos la pasábamos la mayoría de las madrugadas; era un tipo amable, de todo se burlaba y a todos moteaba con apodos. 

Pero sus bromas de espectros se volvieron repetitivas y un poco extrañas. La mujer que sólo Emmanuel veía siguió apareciendo. Cada tres noches, dos y así, todas. Él me lo decía y yo estúpidamente caía. Ya no lo soportaba. Los días de descanso, Emmanuel no dormía y su esposa dijo en el velorio que las últimas noches tenía una mirada inerte y perpleja. En todo caso, a mí ya no me causaba gracia el asunto, me irritaba, sobre todo porque yo sabía que algo no andaba bien.

A los días siguientes del disparo y después de pasar por intimidantes interrogatorios policiales y explicaciones familiares vanas, declaré ante el juez y los medios de comunicación que la mujer que bailaba no apareció esa madrugada. Nadie me creyó, por eso estoy aquí.


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