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Opinión / AGOSTO 09 DE 2023

La nueva pesadilla 

Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal, no compromete la línea editorial ni periodística de LA CRÓNICA S. A. S.

Más bajo no puede caer un país. ¿Alguien guarda dudas, a esta altura del escándalo nacional e internacional de nombre Petro y apellido Desgracia, sobre la intromisión de dineros sucios y violación de topes legales, en la reciente campaña presidencial? Ocurrió. De nuevo, tras la tragedia Samper y compañías, ocurrió. ¿En qué cuantía, de dónde provino, cómo fluyó el ‘cash’, quienes lo manejaron, quiénes fueron los beneficiados?, son interrogantes aún sin respuestas. Quizás nunca se obtengan. En teoría, en lo penal, será el sistema de justicia, permeado, cruzado por intereses políticos, económicos, de poder, el responsable de correr velos, identificar, procesar y condenar a los culpables. Sin embargo, atenidos al trámite histórico de nuestras vergüenzas, en cuyos dominios reinan la oscuridad y la impunidad, no es mucho cuanto podemos al final esperar. En su condición de aforado, sustraído de cualquier acción penal común, el presidente solo puede ser sujeto de juicio político en el Congreso, donde se requieren mayorías calificadas en ambas cámaras para ser defenestrado. En cualquier caso, pruebas sobre la mesa, la legitimidad moral y legal de la elección de Gustavo Petro y Francia Márquez tambalea.

El delito sin castigo se tomó el país a partir de los años cincuenta, siglo XX, con sucesivos perdones, amnistías, acuerdos, concesiones y premios a favor de quienes delinquen, con cargo al sector mayoritario de la sociedad, cumplidor de leyes, normas, respetuoso de instituciones y autoridad. Esta vez, con dolorosa seguridad, no será diferente.

¿Son conscientes los petristas ciegos, los votantes desavisados, tercos, irreflexivos, del daño causado al país, a sus habitantes, al elegir como presidente de la República a un delincuente confeso e impune, a alguien quien desde su juventud combate, empleando violencia verbal y física, armada, el sistema político-económico que nos rige? Solo parte de ellos han condenado el actual caos, pese a la obligada conclusión a partir del ápice del iceberg revelado hasta ahora: el gobierno Petro ronda la ilegitimidad. Obvio, con Petro llegaron al poder sus iguales; transgresores de la ley, sin castigo ni censura social, habilitados y premiados; con enorme capacidad de daño contra una sociedad pasiva, indolente en su propia defensa, dispuesta a reconocer como mérito las agresiones, los atentados contra sí misma. 

No podía esperarse que el vástago del tronco malsano creciera libre de podredumbre. La genética, en el ignominioso caso de los Petro, se expresa. Pero, alerta, colombianos; el poderoso aparato informativo, publicitario, al servicio del mandamás de turno, se muestra dispuesto a usar al hijo - durante la campaña revestido de plenos poderes en la Costa norte-, como fusible, como escudo protector del padre irresponsable, del candidato, luego mandatario, según el petrismo, ajeno a los asuntos financieros. La nueva narrativa del “todo fue a mis espaldas” repta bajo el discurso de la zurda ladina; miles y miles de millones -nos creen tontos de capirote- inyectados desde el narcotráfico, el paramilitarismo, la gran delincuencia, al proyecto destructor del país desde mucho antes de la campaña y en esta misma. Eventos masivos, promoción y compra directa de sufragios, no solo en la costa atlántica, sino a lo largo y ancho de la patria, quieren presentarse como asunto menor, despreciable, distante del interés o responsabilidad de Gustavo Petro, no susceptible de investigación ni condena. ¿Nos tragaremos otro sapo, esta vez de tamaño suicida?
 


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