Opinión / ENERO 17 DE 2022

La paz en paráfrasis de Cien años de soledad

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(...) Acabó de decirlo cuando Colombia sintió que un delicado viento de luz, le arrancó las sábanas de la paz, sus manos  las desplegó con toda su amplitud. 

La guerra  sintió un temblor misterioso en los encajes de sus pollerines guerreristas, y ellos trataron de agarrarse de la sábana sediciosa de la paz.

Pero no...  se dejaron caer, en el instante ...en que la paz empezaba a elevarse...

Los guerreristas, ya casi ciegos,  perdieron la serenidad para identificar la naturaleza de aquel viento irreparable de la barbarie y la muerte, y dejaron las sábanas de la paz, a merced de la luz y en la continuación de la guerra.

Viendo a Colombia, la bella, que le decía adiós con la mano, entre el deslumbrante aleteo de continuas masacres.

Las sábanas que subían con ella (la paz) quedó abandonada, en el aire de los escorpiones del corazón grande y mano firme, se siguió purificando con el hedor de la muerte.

Los corazones tiernos,  posaban con la paz a través del aire, y las  cortas  tardes de la vida... se perdieron con ella para siempre en los altos aires de la estúpida guerra donde no podían alcanzarla ni los más altos pájaros de la memoria...

Hoy, aquella Colombia profunda, está  olvidada hasta por los pájaros, donde el polvo y el calor se hacen tan tenaces que cuesta  trabajo respirar... Recluidos por la maldición de la guerra perpetua.

Y, el amor  por la paz en Colombia, es como una casa vacía, donde es casi imposible dormir por el estruendo de las hormigas que se convierten en bombas infames.

Son muchos los años. Aquellos campos se han convertido en frentes  de fusilamiento.  Los generales   han de recordar los mal llamados “falsos positivos”; la “Seguridad Democrática” los llevó a conocer el frío hielo de la maldad.

Colombia  sigue  siendo una aldea de fosas comunes,  de esculpidos huesos, naufragando en lágrimas  diáfanas que se precipitan en  un lecho de piedras pulidas.

Colombia, la bella, sigue vagando por el desierto de la soledad, con la cruz a cuestas, madurándose en infernal pesadilla, en sus baños de sangre, en sus masacres sin horarios, en sus hondos y prolongados silencios de injusticia divina, sin memoria, hasta infinitas  tardes; doblando en el jardín sus sábanas blancas...

Algún día el cóndor morirá de viejo en eterna soledad, sin un recuerdo, sin una sola tentativa de condolencia, atormentado por los recuerdos y por las mariposas amarillas que no le concedieron un instante de paz, y públicamente repudiado como ladrón de gallinas. Ese día la blanca paloma extenderá sus alas  en la paz de Colombia (...)


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