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Opinión / ABRIL 04 DE 2012

La pobreza primerizada

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“Por el correcto desempeño en su labor durante diez o más años continuos, hemos decidido renovar su contrato de trabajo por los siguientes doce meses, pero con el 30% de salario menos y bajo razón social diferente”. ¿Grecia, Portugal, España? No; Colombia, hospital San Juan de Dios, Armenia, Quindío.  

Hasta hace poco el Dane ignoraba a nuestro departamento, a su capital, Armenia, en las mediciones nacionales de ocupación laboral. Se asumían los resultados de la vecina Pereira como indicativos regionales sin reparar en las diferencias entre ciudades y departamentos próximos en la geografía aunque abismalmente distantes en sus vocaciones y realidades económicas.

Tan pronto fue observado e incluido en los índices estadísticos, el Quindío pasó a disputar el liderazgo en cifras de desempleo y subempleo; sin precisar detalles acerca de la calidad de remuneración, estabilidad, promoción, y demás variables que no podrían sino reflejar la extrema precariedad de nuestro medio socioeconómico; ahora, por si algo faltaba, bajo el efecto narcótico del Paisaje Cultural Cafetero. 

Un perverso componente de la teoría y praxis neoliberal, aplicada sin anestesia en Colombia desde el ministerio de Hacienda del gobierno Barco, apellidado Gaviria Trujillo; agudizada luego durante la presidencia del connotado promotor del capital transnacional, hoy día exitoso marchante de arte, y subsiguientes mandatos, es el “aligeramiento” del estado, de sus agencias; el alivio de cargas gravosas, salarios y aditamentos la principal de todas, en los presupuestos oficiales.

Por supuesto, sectores como la salud, no pudieron sustraerse de la nefasta tendencia de ver en la remuneración de sus servidores el origen de descalabros,  explicables más bien por prácticas de corrupción, dañina politiquería y debilidad estructural del servicio. A partir de la ley 100 de 1993, punto de partida de su privatización, más que satisfactorio cubrimiento de necesidades de la población, es objetivo institucional en las entidades prestadoras de servicios, disfrazado con eufemismos, la obtención de lucro.

Y consecuentes con ello, sus administradores se esfuerzan en reducir costos operativos, entre otras tácticas  bajo la figura de contratación con terceros de actividades antes adscritas a la planta de personal propia. Tercerización, se denomina esta práctica insana cuya consecuencia es el recorte de salarios y beneficios sociales de los trabajadores a favor de mercaderes privados, avezados contratistas de los gobiernos, quienes bajo el ropaje de estrictos cumplidores de leyes laborales, minimizan el ingreso familiar para maximizar el empresarial.

Es el caso del hospital San Juan de Dios de Armenia citado al inicio. Contra la correctiva tendencia de la empresa privada (ejemplo, Carrefour) de reasumir la contratación directa de personal, para oficios como registro, empaque, entregas a domicilio y otras -delegadas durante años a engañosas cooperativas-, entidades hospitalarias y similares de nuestro ámbito persisten en eludir su responsabilidad patronal entregando jugosos contratos de servicios generales a empresas privadas. El resultado no puede ser otro que la pauperización del ingreso de quienes desempeñan la labor. El saliente director del hospital zonal —se escuchan unánimes elogios por su gestión y digna postura frente a los embates de la politiquería—, no alcanzó a avanzar en tal sentido. Lamentable.

Un factor más, erosivo en la calidad del empleo regional. Si se agregan, lo exiguo e  informal del jornal cafetero, de los conductores de taxis y vehículos colectivos, de vendedores callejeros, del sector de la construcción, las agobiantes jornadas en la empresa de apuestas, la desactivación laboral en cada relevo de gobiernos locales, entre otros, tendremos la explicación del irrisorio nivel de consumo y ahorro de nuestras familias. No deja uno de preguntarse de dónde saldrán los clientes para las enormes superficies comerciales actualmente en construcción en Armenia.

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