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Opinión / SEPTIEMBRE 07 DE 2022

La victoria de Chile

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Convendría a los felices y triunfantes enemigos del engendro constitucional que la izquierda gobernante pretendía imponer en Chile, conocer la experiencia colombiana frente al abusado plebiscito para la paz, en octubre 2 de 2016. Aquella noche, mientras la victoria de la dignidad, de la Justicia, colmaba de dicha y esperanza el ánimo ciudadano, mientras el país se abrazaba a su Constitución, a la autoridad, a las Fuerzas Militares legítimas, víctimas todos de violencia asesina y agresiones durante más de medio siglo, a las instituciones que con altísimo costo de sangre y vidas humanas pervivían como guardas tutelares de nuestra democracia, el bando de la oscuridad, presidido por el campeón de la traición, marioneta de la zurda transnacional, complotaba para trocar una derrota inobjetable, en mañoso triunfo. Maquinaciones cohonestadas por el Congreso y por las altas cortes, ambos ahitos de mermelada, e inefectivas protestas del bloque opositor, permitieron, de espaldas a las mayorías recién expresadas, la reedición de los acuerdos con la delincuencia narcoterrorista que premiaban y encumbraban socialmente el delito, que abrían abismos insalvables de odio entre compatriotas. Aprobados mediante procedimiento exprés, por arte de birlibirloque, los textos derrotados en las urnas, con maquillajes inanes, hicieron tránsito a disposiciones con rango constitucional. Este episodio, inconcebible en cualquier democracia por precaria o débil que pueda ser, es un estigma difícil de sobrellevar para nuestra nacionalidad.
Un mal trajeado presidente Boric, frente a los resultados del plebiscito chileno, pronunciaba en cadena nacional su discurso, calco del pronunciado seis años antes por el gran traidor colombiano. La misma retórica altisonante, la misma falsa humildad y acatamiento a la voluntad popular, con idéntico propósito de engaño, con igual veneno diluido en miel. La celeridad en retomar el tema del nuevo texto fundamental, dejando de lado el manejo de la crisis económica y social, primera entre sus responsabilidades, es mal síntoma. El propósito de la afanosa gestión de Boric es comprometer partidos y fuerzas políticas dispersas, en la continuación inmediata del proyecto constitucionalista, esta vez con más liderazgo personal suyo y mejores armas políticas. Los objetivos de fondo: insertar a Chile en la órbita de la izquierda transnacional, y prolongar su permanencia en el poder.

El torpe y ofensivo pronunciamiento de Gustavo Petro respecto al suceso del domingo anterior es desde luego un grave acto de irrespeto contra el pueblo chileno; denota además un desconocimiento imperdonable de la realidad: la constitución actual de Chile, de origen estrictamente civil, está rubricada por un presidente legítimo, Ricardo Lagos, elegido por votación universal. La referencia a Pinochet, obviamente inoportuna, provocadora, desprecia, ofende a los chilenos y genera otros interrogantes; por ejemplo, ¿quién es el actual primer mandatario de Colombia, el guerrillero adscrito a una organización terrorista, autora de toda suerte de crímenes, o la cabeza del poder ejecutivo, de la fuerza armada del Estado, de la diplomacia, en la República de Colombia?

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