Opinión / OCTUBRE 26 DE 2020

La vida desde mi balcón

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Por estos meses, lo más parecido que he tenido al jazz vivo es la respiración de tu flauta, señor que cada dos o tres semanas visitas la calle del edificio que habito. No sé quién eres ni cuál es tu nombre ni mucho menos si sabes lo que haces. La primera vez que te escuché, salí al balcón: te contemplé. Alto, delgado, unos cuarenta y pico de años, dedos largos y ojos inmóviles en el sonido. Digo que no sé si sabes lo que haces porque el jazz —escribió para siempre Geoff Dyer, en su libro Pero hermoso— ve cosas, saca cosas de la gente que la pintura y la literatura no ven.  

Lo que brota de tu flauta no solo es música. Puedo oírte respirar, soplar tu angustia, sentir la vena palpitar en la cien. Toda la humanidad está ahí, en tus yemas, inmóvil, buscando ser oída, tras un trocito de atención que se esfumará en poco. La música es un camino, dice Dyer, sin embargo, no sé cuántas calles recorridas cargas para llegar hasta el paisaje de mi apartamento y entregarme tu vida por un ratico.  

El público no te merece. Está en sus jaulas, cómodo: cocina pasta a la boloñesa o ve las malditas noticias mientras bebe café, con los pies uno encima del otro apoyados en el mueble, ignorándote. No sabe lo que haces, fresco, no entiende de magia ni de poesía ni mucho menos de dolor. Te veo e imagino que tocas jazz, aunque lo único que te falten sean músicos e instrumentos para hacerlo real. ¿Mis aplausos te bastan, acaso mi sonrisa es suficiente o el dinero que te lanzo? Sé que no. Nada lo es.  

Pienso en Dyer recorriendo los bares de jazz en New York para escribir su librito y pienso a la vez en los momentos que he pausado mis clases para escucharte; mis estudiantes te han oído y aplaudido, aunque cuenta no te hayas dado. Acudo a Dyer para comprenderte: la música no te quitó nada. Fue la vida. La música es lo que te devolvieron a cambio, pero no basta, ni de cerca ni de lejos.   

Terminas de tocar, levantas la mirada. Cuatro edificios repletos son tu panorama: miras hacia un lado, te congelas por unos segundos, te oigo sudar y diriges los ojos hacia el otro. La flauta yace boca abajo. Nadie te aplaude, esperas, con lentos pasos vas hasta la esquina, tremendamente cargado de esperanza, tremendamente cargado de indiferencia. Lo lamento tanto, señor de la flauta. No merecemos la majestuosidad con la que muestras otra forma de contemplar la vida, el arte: no estamos preparados para encontrar la Historia Universal en un solo hombre.    
 


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