Opinión / DICIEMBRE 10 DE 2014

Lamento

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El lector de prensa –rara ave en el bestiario de hoy– suele encontrar, a pocos centímetros de los anuncios y de las fotos de personas en manteles, asuntos insólitos, hechos que cuestionan la solidez de la realidad o, mejor, le confieren un tinte de farsa. Aquí, en las palpitantes páginas de un diario, se dan cita lo noble y lo vil; en estos papeles quedan al descubierto las blancas plumas de la bondad o los cuernos caprinos de la mentira. Quien quiera conocer la manera de ver el mundo de una comunidad la revisión cotidiana de este o de cualquier periódico le será de provecho. Ahora, ¿qué imagen del Quindío perdura en la retina luego de hacerlo? No hay duda: la de una comunidad atada de pies y manos por los malos gobiernos. ¿Es tan oscuro nuestro presente? Sí. ¿Se avizora un futuro distinto? No, lamentablemente. ¿El motivo de la jeremiada? Desde hace por lo menos 15 años ningún mandatario local ha trabajado de manera responsable por el bien común. Lo mismo, dicho de otra manera: los quindianos casi siempre llevamos al poder a los menos indicados.

Ni hace falta recordar la larga lista de funcionarios públicos depuestos. Basta, repito, leer los informes sobre las actuaciones de las encargadas de dirigir los destinos del departamento y de Armenia. ¿Alguien se ha preguntado si las gestiones de las señoras Luz Piedad Valencia y Sandra Paola Hurtado, a un año de culminar sus periodos en el cargo, en realidad han servido para hacer del Quindío un lugar mejor? ¿Acaso repartir regalos navideños en las comunas y en los municipios, cual si fuesen versiones femeninas del carismático San Nicolás, es un acto de buen gobierno? ¿No se trata mejor de un ejercicio populista? ¿Qué obras concretas, por dios, pueden mostrar las mencionadas? Esta tierra, pródiga en colores y aromas, sólo le resulta atractiva al foráneo de abultada billetera. El nativo tiene ante sí pocas alternativas; una de ellas: alquilar la consciencia a cambio de un plato de lentejas o un contrato de seis meses.

¿A quién se debe culpar? A usted y a mí. A los ciudadanos apáticos, a los escapistas. Somos los responsables del colapso de la ética ciudadana, de la bancarrota moral. Nuestra indiferencia les permite a los caciques actuar a sus anchas, sin temor alguno. Bien merecidos tenemos el yugo en los hombros y el azote en las espaldas. La Constitución de 1991 contiene mecanismos de control y veeduría, jamás usados. En Colombia, da grima pero no se falta a la verdad al decirlo, los actos de corrupción y demagogia sí pagan. La ignorancia de la sociedad civil es el caldo de cultivo de los vicios administrativos y políticos.


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