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Opinión / MARZO 14 DE 2022

¿Las coaliciones cumplieron su finalidad?

Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal, no compromete la línea editorial ni periodística de LA CRÓNICA S. A. S.

Ayer, en la jornada electoral, los ciudadanos pudimos votar también en las consultas convocadas por las tres coaliciones interpartidistas: Pacto Histórico, Centro Esperanza y Equipo por Colombia. Estas consultas se convocaron con el objeto de seleccionar candidatos de coalición con miras a la elección presidencial en primera vuelta. Sin embargo, es evidente que la finalidad de la coalición del Pacto Histórico no era escoger un candidato ya que, desde sus inicios, había un claro y cantado ganador. Tal vez sus intereses transitaban por tener la posibilidad de adelantar la campaña presidencial desde meses antes.

Sin embargo, la naturaleza o el fin superior de las otras dos coaliciones (Equipo por Colombia y Centro Esperanza), más allá de elegir un candidato ganador, era congregar a diferentes partidos y precandidatos con ideologías afines y apuestas programáticas similares para que ciertos grupos de ciudadanos se sintieran representados, y una vez el candidato resultará electo, este saliera fortalecido políticamente y avanzara con mejor caudal político y mayor gobernabilidad hacia la carrera presidencial.

Desafortunadamente, durante las semanas previas a estas elecciones, los colombianos vimos todo lo contrario en el debate político de estas dos coaliciones: nos enfrentamos fue una serie ataques, intrigas políticas y peleas personales al interior de cada coalición. Ese “fuego amigo”, en gran medida, lo que hizo fue desviar el debate y no permitir que se presentaran los programas de gobierno de forma armónica y organizada, e inclusive, que se complementaran entre los mismos candidatos. Esto ocurrió, en parte, porque no se entendió la finalidad para lo que se conformaron estas coaliciones interpartidistas, y se confundieron con consultas internas o primarias de un partido o “caucus”, como se denominan en el sistema electoral estadounidense. 

Esto evidencia, una vez más, la crisis de representación política por las que pasan algunas democracias del continente, y que nuestro país no es la excepción. La mayoría de ciudadanos, y sobre todo los más jóvenes, hoy no se sienten identificados con ideologías partidistas, ni representados por partidos o movimientos políticos tradicionales. 

Cuando se analiza el Índice de Democracia, que anualmente publica la revista The Economist, se evidencia que los Estados con mejores estándares democráticos, por lo general, gozan también de un sistema de partidos que representa a la mayoría de sus ciudadanos. El mejor antídoto contra gobiernos populistas y personalistas es fortalecer los partidos y los movimientos políticos, con vocación de permanencia en el tiempo, con principios, ideologías y propuestas programáticas claras, y que trasciendan más allá de la persona que los represente. 

 Considero que este experimento de las coaliciones interpartidistas sigue quedando en deuda, lo que agudiza, aún más, la crisis de representatividad política e incentiva a que muchos electores busquen opciones caudillistas (de izquierda o de derecha) que derrumban los pilares democráticos. Hay que seguir creyendo que los partidos políticos son instituciones fundamentales en un Estado democrático. Como diría Winston Churchill: “La democracia es el peor sistema de gobierno. Con excepción de todos los demás”. 


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