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Opinión / ABRIL 21 DE 2016

Las Ibáñez

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Con 504  páginas se publicó hace unos años el libro Las Ibáñez del   exdirector de la Biblioteca Luis Ángel Arango, Jaime Duarte French, donde narra la vida de las señoras Bernardina y  Nicolasa Ibáñez, amantes de Bolívar y Santander, pero esposas a la vez  de  Florentino González y  Antonio José  Caro.

 El expresidente  Alfonso López Michelsen en el prólogo  asegura que la moral  de sus primas  y legendarias  mujeres dio pie  a habladurías  sin ningún respaldo en las pruebas y a chismes de la época que las  vincularon  en amoríos con los  dos  generales de la Independencia, aunque justifica su conducta casquivana y lujuriosa, “porque en épocas de transición y de cataclismos sociales nadie tiene derecho a tirar la primera piedra”.

El caraqueño se hospedó en casa del doctor   Miguel Ibáñez,  padre de estas damas,  al  llegar a Ocaña en 1813 y prometió a Nicolasa liberar a su marido preso por El Pacificador Pablo Morillo.  Con las energías de sus  30 años y las charreteras  de  general, Bolívar tuvo fácil acceso a  ese hogar para concretar sus devaneos, ganando  batallas por parejo  en la cama y como en  la  guerra.   En la obra  se  lee  una carta donde la  rendida señora  agradece  al militar  la liberación de su  compañero  y  le  confirma   “soy   y   seré   eternamente su afectísima”.

Para comprometerla, el libertador dio  empleo  al ciego consorte en su gobierno a pesar de que venía trabajando en la administración de  los Reyes de España, trasladándolo  de Bogotá a  Cúcuta lo que originó murmuración social en términos que afectaba  su reputación.   Olvidó  a Nicolasa  al marcharse  a la campaña del sur donde encontró a la quiteña Manuela Sáenz, con quien sostuvo un tórrido  requiebro  sin  importarle que estuviera  casada con el  médico inglés  James Thorne.

 Los turbios manejos de esa cosa escurridiza  y gelatinosa  que es la llamada opinión  pública unida a la ausencia del cónyuge hicieron creer que el venezolano  tiraba  con  ambas hermanas.   Cuando Nicolasa  se mudó a Girón dejó en Bogotá  a su hijo José Eusebio Caro —luego fundador del partido Conservador— de 20 años,  en un hotel  como cualquier hijo de vecino.

El libro transcribe  cartas de personajes  de la  Emancipación, es rico en  anécdotas  de  sábanas  y  alcobas,   desendiosa a  los próceres hasta devolverles su carnal envoltura,   con todas sus virtudes, defectos  y  pasiones.

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