Opinión / JULIO 02 DE 2022

Las plegarias del árbol (2)

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Sentimientos de veneración al contemplar los árboles que nos observan caminar por entre ellos. Hermandad del organismo humano y el vigoroso cuerpo del bosque. Consanguinidad con cada árbol que encontramos por el camino, siempre y cuando el hecho de caminar esté inmerso en un concreto estado de contemplación. Por el estilo de la práctica zen, Mindfulness, instituida por el monje budista Tich Nhat Han, que sugiero practicar si usted es de quienes caminan por el campo, sin prisa. Por senderos veredales donde cada árbol que observa hace coro a su repetición del nombre de Dios, susurrándolo leve. O en su mente, haciéndole eco a cada paso que da. No me refiero aquí al turista ensimismado en su celular, desplazándose impasible por un encantador paisaje del cual no valora ninguna de sus prodigiosas manifestaciones. Incapaz de escuchar las exhortaciones del árbol. Escribo sobre el arquetipo de caminantes hermanados con la naturaleza. Por ejemplo, Whitman, Basho, Krishnamurti, Anandamayi, Llalla, Thoreau, Black Elk, quienes en sus habituales caminatas escuchaban las plegarias de los árboles. De la gloriosa mística de India, Anandamayi, Richard Lannoy relata una maravillosa anécdota con dos árboles, un baniano y una margosa, con los cuales ella dialoga en una aldea cerca del Ganges. Deepak Chopra señala en su libro Conocer a Dios, el efecto espiritual de la luz: “Nuestra visión no puede ayudarnos si no se la organiza alrededor de la luz. Las mismas respuestas del cerebro que nos permiten ver un árbol como un árbol en lugar de verlo como un enjambre fantasmal de átomos zumbantes nos dejan tener la experiencia de Dios y van más allá de la religión organizada”. Si caminamos y respiramos entre la misericordia de árboles llenos de luces, el verde-quindío una de ellas; elevando incesantes plegarias por el ser humano, clamando por nosotros con cada hoja, cada flor y cada fruto: transmitiéndonos la luminiscencia que reciben, procesan y nos comparten con las aves, las mariposas, colibríes,  insectos, cualquier forma de vida que haga del árbol su hogar  transitorio o definitivo,  si no llevamos apremio por cumplir determinada correría, escucharemos sin necesidad de ingerir yagé u otros enteógenos; sin adoptar secretas iniciaciones y sin rituales de magia chamánica, las reveladoras plegarias de vida y amor, de belleza natural y poesía que todo árbol, grande o pequeño, nos comparte. El joven poeta campesino, Alberto Caeiro, en su libro El guardador de rebaños, nos prueba con sus poemas que conoció de tales plegarias al hablar de Dios: “Si Él se me aparece como árboles/Y rayo de luna y sol y flores/es que Él quiere que yo lo conozca/como árboles y montes y flores y rayo de luna y sol/Y por eso yo lo obedezco”.


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