Opinión / OCTUBRE 23 DE 2020

Lecciones de la minga

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Pocos académicos y escritores se han interesado de verdad por penetrar en la conciencia colectiva de los mundos indígenas. Casi siempre se acude a esos universos a través de sus objetos y de múltiples generalizaciones sobre sus culturas.

En el Quindío, por ejemplo, ni siquiera sabemos bien qué tribus nos habitaron. Ahora, cuando existen varios pueblos asentados en este territorio, poca atención les prestamos. Los indígenas viven apartados en sus resguardos como si fueran propios de naciones bárbaras.

 Alguna vez le oí decir a un dirigente cafetero, de esos arribistas prevalentes, que esos indios no deberían ocupar nuestras tierras porque no eran nativos del Quindío. 

La máxima curiosidad nuestra por la cosmogonía aborigen, además del pedido de devolución del Tesoro Quimbaya al gobierno español por la Academia de Historia, reside en una muestra en el Banco de la República y en unos guacales olvidados, de más de mil piezas, incluidos unos vestigios de oro, pertenecientes a la antigua colección del Banco Popular, ahora en manos de la Universidad del Quindío. 

Excepto por el genuino interés de algunos antropólogos, liderados por Roberto Restrepo, ese excepcional gestor de nuestra historia y cultura, aquí nos ha interesado muy poco el pensamiento aborigen, sus hábitos y culturas múltiples.

El racismo que evidenciamos frente a los indígenas, expresión patética de una supuesta superioridad, brota ahora con la convocatoria y marcha de la minga hacia Bogotá. Salieron los mestizos de toda laya a decir barrabasadas: que los indios son terratenientes insaciables, cuando solo han sido vigías y custodios de la naturaleza. Sus territorios, en parte inservibles para el cultivo productivo, se extienden hacia baldíos o tierras paramunas donde se originan las fuentes de agua para las ciudades.

Dijeron también que tenían una motivación política, como si eso fuera una falencia. Y peor aún: con el aval del poder central, con sus envenenados propagandistas, se echó a andar la información mentirosa de que la minga había sido estimulada a trasladarse a Bogotá, como una maniobra maestra del gobierno para poder quemar cerca de 63 laboratorios de pasta de coca ubicados en el Cauca. 

La infamia de este gobierno, y de sus representados, ha llegado demasiado lejos: a términos ridículos sí, pero también crueles para con esos pueblos.

La minga deja lecciones. Enseña que hay pueblos dignos, que no se arredran ante las armas y la vanagloria banal utilizadas por los gobiernos. Deja como testimonio la solidaridad y la disciplina de un concierto de pueblos, distintos, que resisten la andanada consumista promovida por la competencia radical y el egocentrismo puro. Dice que las naciones, a pesar de sus líos, pueden ser autosuficientes en la búsqueda de la paz como hábito cotidiano. Muestra cómo, desde sus ancestrales costumbres, se cuidan los nativos entre sí de la enfermedad y promueven reglas de higiene colectiva.

La minga, como el virus, nos despojó de atavíos superfluos a los demás habitantes de Colombia. El problema es que no vemos la precariedad de esa desnudez.  


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