Opinión / MARZO 30 DE 2023

Lectores ejemplares

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«La salud de una narrativa suele significar una crisis profunda de la realidad que la inspira», escribió Mario Vargas Llosa en una nota de 1968 –“Novela primitiva y novela de creación en América Latina” −, en la que hacía un repaso por las obras más significativas que desde esas dos tendencias les habían tomado el pulso a las realidades del continente en el tránsito del siglo XIX al XX. Con buen pulso crítico y lucidez argumentativa, llegaba Vargas Llosa en su artículo hasta las obras de sus contemporáneos –García Márquez, Cortázar, Fuentes, Onetti −, aquellos con los que se estaba fraguando el estallido que ubicaría la novela como género hegemónico en las letras latinoamericanas. Recogido en el recientemente publicado volumen “El fuego de la imaginación”, primero de la obra periodística completa del nobel que inicia la editorial Alfaguara, el artículo reafirma que ya entonces, con 32 años, era dueño de una vasta erudición literaria, resultado de ser un lector consumado que abordaba con devoción a los clásicos, pero también le dispensaba tiempo y respeto a los autores del vecindario. Vale recordar que pocos años después −1971− Vargas Llosa publicaría el monumental ensayo “Historia de un deicidio”, una de las lecturas más acuciosas que se han hecho del universo garciamarquiano. Toda una invitación al goce lector es acercarse a los artículos y ensayos del peruano.

En un giro hacia otras latitudes e idiomas nos encontramos con las virtudes lectoras de otro imprescindible de las letras universales: Vladimir Nabokov. Con dominio del ruso, el inglés y el francés desde temprana edad, Nabokov no solo revolucionó el lenguaje y la estética de la novelística del siglo XX, sino que leyó, estudió y enseñó las obras canónicas de estos idiomas, dejando claro el tipo de lector agudo que fue y aportando ideas muy fecundas e iluminadoras. A propósito de la lectura, Nabokov nos dice en el prólogo a sus “Lecciones de literatura europea”: «…los libros no se deben leer: se deben releer. Un buen lector, un lector de primera, un lector activo y creador, es un “relector” … en una segunda, o tercera, o cuarta lectura, nos comportamos con respecto al libro, en cierto modo, de la misma manera que ante un cuadro. Sin embargo, no debemos confundir el ojo físico, esa prodigiosa obra maestra de la evolución, con la mente, consecución más prodigiosa aún. Un libro, sea el que sea, atrae en primer lugar a la mente. La mente, el cerebro, el coronamiento del espinazo es, o debe ser, el único instrumento que debemos utilizar al enfrentarnos con un libro.» 

De vuelta a nuestro idioma encontramos a otro lector extraordinario, Ricardo Piglia, quien dejó escrito que «El lector adicto, el que no puede dejar de leer, y el lector insomne, el que está siempre despierto, son representaciones extremas de lo que significa leer un texto, personificaciones narrativas de la compleja presencia del lector en la literatura. Los llamaría lectores puros; para ellos la lectura no es una práctica, sino una forma de vida.»


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