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Opinión / ABRIL 19 DE 2024

Lee la naturaleza (1)

Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal, no compromete la línea editorial ni periodística de LA CRÓNICA S. A. S.

Nuestro abuso de los recursos naturales, esa proclividad depredadora de los individuos, nos tiene al borde de la extinción, en medio de ninguna parte. Lo tenaz es la ceguera que aún se mantiene frente al peligro inminente. 

La emergencia climática, aupada por una tradición destructora de vida, nos ha dejado en la encrucijada del tercer milenio: el agua escasea, las bacterias y los virus, los mismos insectos, se sublevan ante las temperaturas extremas, y quedamos expósitos frente a la estupidez de un capitalismo codicioso. Las farmacéuticas son el enclave de ese mercantilismo hirsuto.

Ya en la literatura colombiana, en Cien años de soledad o en La vorágine, los autores profetizaron la vindicta de la naturaleza contra la babosería humana. La novela de Rivera es realzada en la Feria del Libro de Bogotá, en su versión treinta y seis, con más de 500 invitados y con Brasil como protagonista del certamen. Lee la naturaleza es el lema de este año.

Recordamos, ahora que Cien años de soledad se convierte en una serie de Netflix, de la parte sustancial de ese libro el refulgir de la naturaleza, el espejismo del hielo o la urdimbre invasiva, o cómo Gabriel García Márquez cierra su historia con un huracán bíblico que descuaja ese Macondo ilusorio, instalado como un lugar simbólico en el imaginario latinoamericano. Es la destrucción que llega como un castigo por la desmesura humana.

En La vorágine, el gran canto a la selva, ese extenso libro sobre los primeros expolios o saqueos a nuestros indígenas y a los trabajadores del caucho, la naturaleza es un escenario, sí, pero también es un personaje que todo lo condiciona y controla. Al final de la novela, también, como un gigantesco abismo vegetal, los seres humanos, atrapados en la maraña de sus contradicciones y crueldad particular, son devorados por la selva, y así termina el libro. Los engulle, los tritura y les hace pagar tanta insensatez.

Si los libros nos cambiaran de verdad, si lo permitiéramos, en el caso del Quindío intentaríamos como sociedad leer lo que ya nos dice el entorno del Paisaje Cultural Cafetero: a medida que desaparece esta cultura viva, convertida en mercancía turística, y mientras las fuentes de agua se secan para los municipios más visitados -que ya no son propios-nosotros seguimos, como si fuéramos un comercio abierto, aferrados a un modelo de desarrollo que ya colapsó en Medellín y en Cartagena, ciudades que mutaron en inmensos burdeles y lugares de trata de personas y, a la vez, en territorios donde los nativos son convidados de piedra. 

La literatura, además de brotar de nuestras relaciones humanas, sirve como campo de acción para resistir desde la cultura. 

Liliana Moreno, de la Fundación LetraViva, y Hasbleidy Rivera, de la Red de Bibliotecas, apoyadas por Felipe Robledo, Secretario de Cultura y Diana María Giraldo, Directora de Corpocultura, nos regresan, después de la alianza en 2019 con Risaralda y con Juan Felipe Gómez en esa época, a esta versión de la Feria del libro. Ya hablaremos de la gestión actual, apoyada desde el Ministerio de Cultura en 2024.
 


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