Opinión / NOVIEMBRE 23 DE 2020

Luces, cámara y ¿acción?

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La clase electorera local es la responsable de la debacle ética del Quindío, lo sabemos, ya se ha dicho hasta el hartazgo. El partido Liberal —fortín regido con zarpa de hierro por el tahúr Emilio Valencia y su prole— y, en tiempos recientes, Cambio Radical llevan impresa en la frente la marca de Caín: convirtieron el ejercicio político en una maquinaria perfecta para perpetuar la apatía ciudadana y controlar la burocracia. Lo padecemos a diario: las instituciones públicas están en manos de los clientelistas, de los pícaros. En consecuencia, valdría la pena —para no redundar— ampliar la de por sí raquítica discusión social y examinar el papel de la academia, de los gremios de comerciantes y empresarios, de la prensa, en esta tragicomedia con visos de telenovela barata, boba.   

Fijemos la lupa en la Cámara de Comercio de Armenia y del Quindío, regentada desde hace mucho por Rodrigo Estrada. ¿Cuál es el aporte de este organismo anfibio a la salud de la vida cultural y comunitaria del Quindío? Un vistazo a los boletines de prensa y al sitio web de la cámara resulta desalentador: la única bandera es la del turismo. Distintos gallos cantan en otras latitudes. Para no ir lejos, en Pereira, la cámara de comercio organiza la Feria del Libro del Eje Cafetero, evento de enorme impacto ciudadano. También coordina una interesante oferta cinematográfica. En contraste, la de aquí ningún apoyo eficaz y perdurable les ha brindado a procesos educativos de la trayectoria del Encuentro Nacional de Escritores Luis Vidales o del Cuyabrito de Oro, para mencionar un par de ejemplos.  

La de Pereira no es una rara avis. La Cámara de Comercio de Medellín sostiene una gestión cultural ambiciosa, amplia. Además de la nutrida agenda musical y fílmica, financia un certamen nacional de novela y cuento y dirige la emisora cámarafm95.9. Se dirá —lo veo venir—: las realidades económicas de Pereira y Medellín son disímiles a las de Armenia. Las aguas no van por esos cauces, creo. La gran diferencia entre las cámaras de las tres urbes es el valor social que cada una le concede a la cultura y al arte. Allá —casi siempre las papas se cocinan en hogueras ajenas— los libros, las películas, las obras de teatro, los conciertos de jazz, bambuco, tango y rock no son pasatiempos, actividades inanes reservadas para pudientes. Son asumidos, más bien, como herramientas para propiciar la convivencia, el crecimiento ciudadano y el debate respetuoso, serio.  

El Quindío es una mentira mal contada. A lo mejor, las cosas nunca adopten un signo floreciente. Tal vez el barco sin timonel no tenga otro destino que el de hundirse. No lo sé. Quizá la realidad sea menos puñal si los estamentos sociales dejan atrás el marasmo, la desidia. ¿Y si la Cámara de Comercio de Armenia y del Quindío diseña un vigoroso programa de becas universitarias en música, artes e historia para los estudiantes de los municipios cordilleranos, de los barrios marginales de Armenia y Calarcá? ¿Exceso de confianza, señor Estrada? No se trata de limosna. “A quien mucho se le dio, mucho se le pedirá”, afirmó con la voz dulce del trueno el carpintero de Nazaret.  


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