Opinión / AGOSTO 19 DE 2021

Luis Felipe Giraldo González

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Mi padre no llama así al suyo. Poco habla de él. Y cuando lo hace —estimulado por sorbos de cerveza—, emplea el nombre de pila. Luis, a secas. El afecto no empapa las palabras al evocarlo. Tal vez por eso la figura del abuelo sea para mí un conjunto de anécdotas no del todo coherente. Conozco de oídas su gusto por la bohemia, la pulcritud del vestuario, la pasión por cazar amorosamente a las bellas, a las divorciadas. También sé de la fortuna familiar: en la niñez era común pasear por las calles de Quimbaya y ver a los adultos señalar con un gesto de la boca un inmueble mientras farfullaban: esa casona era de Luis, ese edificio es de una pariente de Luis, ese hotel pertenece a Pacho, el hermano de Luis. De tal esplendor ni una brizna le correspondió a mi padre ni a los tíos. Un ayer extinto por el licor, por las noches frenéticas.

No llevo su apellido, sí su papila. Principiaba el día con un trago de aguardiente. La jornada —la crudeza de la realidad— limaba los filos gracias a la visita frecuente a la botella. Quienes lo conocieron dicen que la estampa y las maneras de tío Pedro son las de él: moreno, no muy alto, con una calvicie tímida en la coronilla, de verbo lento. Se casó con una mujer distinta a mi abuela. Tuvo otros hijos. Hace bien mi padre en no verlo nimbado por el cariño: Luis lo trató con frialdad. En 1987 murió de cirrosis en Venezuela. Hace años busqué su nicho. No lo hice con esmero. Caminé con Noemí unos minutos por los pasillos del cementerio de Quimbaya, ambos alucinados por el antídoto al ego: nombres mal escritos en lápidas, casi ilegibles por el tiempo, el moho. Tantos esfuerzos, llantos, sendas, óbitos minúsculos, tropezones, triunfos a cambio de un puñado de ceniza, una tumba ávida. No encontré a Luis.

Las tardes de los sábados mi padre husmea en la historia del bolero: lo hace para nutrir su programa radial dedicado al género. Ya tiene el conocimiento del melómano: suelta detalles biográficos de cantantes, compositores. ¿Quién mató a Genaro Salinas?, ¿por qué asesinaron a Felipe Pirela?, ¿cuál fue el mayor éxito de Bola de Nieve y cuál el oficio de Fernando Albuerne? Cada tanto lo acompaño. Mientras voces viejas vibran en los parlantes, las nuestras tejen las minucias de la vida. Me cuenta de su breve paso por el mundo del toreo, del viaje a Israel. Antes de la ebriedad indaga por mí: nunca falta la pregunta por el libro que escribo. ¿Una novela? ¿Un conjunto de relatos? Siempre doy la misma respuesta: la escritura es un parto difícil. Quiero redactar la historia del Quindío encarnada en mis dos abuelos. Por un lado, Luis, el señorito beneficiado por la bonanza del café. En el otro extremo, Ángel Adriano, el recolector, la hojarasca. Debí llamarme Luis Ángel. Por cuestiones del azar y la magia, el Alberto desplazó el nombre del padre de mi padre. Le confieso a él, en los atardeceres sabatinos: soy un mosaico de ficciones, de ausencias.


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