Opinión / FEBRERO 25 DE 2021

Máquina del tiempo

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Existen muchas teorías que plantean la posibilidad de viajar en el tiempo. Una de ellas es, por supuesto, la de la Relatividad, de Einstein, usada en distintos clásicos literarios y fílmicos, conocida por la mayoría de nosotros y enseñada vagamente en las clases de física de bachillerato. La teoría dice, entre otras cosas, que si alguien viaja a velocidades muy altas, cercanas a la de la luz, el tiempo se dilata y transcurre más lentamente para ese viajero, pues el espacio-tiempo se deforma. El 28 de junio de 2009, Stephen Hawking organizó en Cambridge una fiesta de bienvenida para los viajeros en el tiempo, a la que nadie asistió. Por suerte, el viajero de Wells comprobó dicha teoría cuando viajó al futuro y trajo de vuelta dos flores blancas ya marchitas que una desconocida le regaló.

Recordé, entonces, el propósito del joven norteamericano Ralph Pendrel que, viendo un retrato suyo en 1914, se sorprendió, no porque fuese él mismo, sino porque estaba vestido a la manera del siglo XVIII. Me gustaría ir —tal vez pensó— a ese siglo. Miró la biblioteca de la casa y sospechó que ahí encontraría algo. Con cierta voluntad se perdió en la lectura y cuando alzó la mirada estaba en el siglo XVIII. Claro, pronto se decepcionó al hallarse en una suerte de conjetura temporal: no sabía a qué época pertenecía. Algo parecido he experimentado en los últimos años, sobre todo desde que los libros han ocupado más espacio en mi apartamento que cualquier otra cosa.

La semana pasada visité a Bud Powell, en el club de jazz Birdland, de Nueva York, mientras tocaba con Mingus y Bird, en un concierto épico y alucinante en 1953. Los camareros no parpadeaban y yo, entre tanto, movía mis pies al ritmo de Lover come back to me. Era miércoles en la noche, no tenía prisa y últimamente el trabajo había pausado mis viajes. Salí del bar. Caminé. En cuestión de segundos aterricé en la biblioteca nacional Mariano Moreno, en la Argentina de 1965. Tenía una conversación pendiente con Borges hacía tiempo, y por cuestiones que no vale la pena mencionar, tuve que aplazarla. Entré y allí estaba, sentado en la Sala de la Lectura, esperándome: su visita es generosa, me dijo con tono jocoso, porque a pesar de leer mis libros, viene a verme.

Hace algunos años compartí un barco con Stevenson en los mares del norte. Fue una de las aventuras más extraordinarias de mi vida: encontramos el tesoro, los piratas fantasearon conmigo, les conté historias futuras y quedaron aterrados. Luego, y después de mucho pensarlo, viajé a Jerusalén, hasta el monte Gólgota: quería vivir la muerte de Jesús, mas no impedirla. Por varias noches me costó dormir tranquila. Otro día viajé al centro de la Tierra con Verne, en 1864, mientras Lincoln era reelegido presidente de Estados Unidos: volver no fue nada fácil. El último viaje fue memorable: ver el rostro de amor de Ulises cuando divisó Ítaca, luego de veinte años de batallas. No me interesa ninguna otra máquina del tiempo que no sea mi biblioteca. Todo lo demás es literatura.


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