Opinión / NOVIEMBRE 27 DE 2020

Mariposas sublevadas

Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal, no compromete la línea editorial ni periodística de LA CRÓNICA S. A. S.

La profética frase de Minerva Mirabal, de sacar los brazos de su tumba para hacerse más fuerte frente a la opresión, si fuera asesinada, como lo fue el 25 de noviembre de 1960, se riega como veranera en tierra fértil.

Casi tres decenios de dictadura de Leónidas Trujillo llegaron a su punto de desenlace cuando sus esbirros de gobierno, por su orden, apalearon y ahorcaron a las tres hermanas Mirabal, a la misma Minerva, a Patria y a María Teresa, conocidas como las mariposas en República Dominicana, quienes mantenían su oposición contra la tiranía.

Las mujeres de ese país entendieron que podían emboscarlas a todas, como todavía ocurre en cada esquina y en cada vereda de Latinoamérica. 

El acoso y el abuso aún tienen ese sello de impunidad rampante propio de los siglos pasados, de la época feudal, cuando las mujeres solo estaban a salvo, y relativo, dentro de los conventos. En la modernidad, a principios del siglo veinte, ellas empezaron a salir de sus casas para exigir sus derechos. Y ya nada las detiene.

El carácter femenino va más allá de un género, y eso lo sabemos. Es una dimensión, una práctica y una manera de ser y relacionarse que a las personas nos hace más sensibles, intuitivas, creativas y lógicas a la vez, y nos permite ver el universo con otros ojos. 

Hace pocos días en Quimbaya, tras la denuncia y el valor civil de la colectiva Bugambilia, algunas mujeres, en un acto simbólico, realizaron un plantón para denunciar el peligro que pulula en sus calles y campos por cuenta del acoso masculino. Y millones de mujeres, el pasado 25 de noviembre, desfilaron por todo el mundo para denostar, con voz indignada, la violencia ejercida en su contra.

La presencia femenina en defensa de la vida, y de sus derechos, crece como una fiesta multicolor en el mundo. Desde las icónicas madres de la Plaza de Mayo, sublevadas contra el general Jorge Rafael Videla, dictador de Argentina, hasta las madres de la Candelaria en Medellín, agrupadas en marzo de 1999, o las de Soacha, enfrentadas a los asesinos o a quienes parapetados tras privilegios e investiduras cohonestan con la muerte. 

Es una historia de sacrificios, de muerte, desapariciones forzadas y de caminos minados por la incomprensión. Ocurre desde el mismo lenguaje, como es cotidiano, o desde las estructuras y relaciones de poder en las entidades territoriales, en el gobierno central o en los gremios económicos. 

Los machos de este territorio, tan unilaterales, no somos inocentes, como tampoco el lenguaje excluyente que usamos a diario, de soslayo o en forma directa, contra las mujeres que intentan restablecer un orden no mediado por la supuesta moralidad, con rasgos de superioridad avasallante, de la subcultura patriarcal. 

Nada para las revoluciones cuando estas son legítimas y sus gestoras, como hoy, están dispuestas a no conceder la ventaja de la inconstancia. Nada detendrá el espíritu femenino que, como el agua limpia, todo lo baña y todo lo cubre.


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