Opinión / MARZO 04 DE 2021

Miedo

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De enero a noviembre de 2005 viví en Facatativá. En los corredores estrechos, en los grises cubículos de los baños de una casa fría conocí el altivo mohín, los puños gruesos de Cristian B. La amenaza, no la realidad. El miedo creció, por vez primera lo sentí propagarse en la tráquea, en las manos. Hasta entonces, los cuidados parentales fueron el nido de mi infancia y adolescencia. Viajé a Faca a concluir los estudios del bachillerato: ingresé al parvulario de una orden religiosa cuyo patrono aún es antorcha para mis pasos. Padre me acompañó hasta el convento de Santa Rita: desayunamos en un enorme comedor. Al irse, tres agustinos constituyeron el poder. Fray O. era gordo, de verbo torpe, gestos pesados. Fray N. era díscolo: leía en las mañanas. Las mujeres entraban en su cuarto, reían a los gritos. Lo admiré. Y Fray W. —el formador—: un reptil de hábito negro. 

Éramos catorce. Diversa la procedencia: Costa Caribe, Boyacá, Santanderes, Eje cafetero, Bogotá, Popayán. Cristian B. era macizo, pequeño. Los hombros y brazos cincelados por el trabajo de cotero en plaza de mercado. Sonrisa de dientes chuecos, nariz ancha. Con dedos de hierro regía el dormitorio común: decidía al golpe del capricho los ocupantes de las mejores literas y quién quedaba expuesto a las dentelladas de la niebla. Tenía sanitario y ducha reservados para sí: el terror apretaba el cuello del infractor que se atreviera a usarlos. Solo respetaba a Diego y a Benavides, les cedía un yugo liviano. Diego —dulce lugarteniente— gozaba de la ración de la hiena. Benavides se ocultaba en los rosarios, en las páginas de los cuadernos. Por él conocí las novelas de Caicedo, de Chaparro Madiedo. Un cura revoltoso de Duitama lo contagió de nadaísmo. Su esfuerzo por la excelencia numérica —la cacería de cincos en tareas, exámenes, parciales, ejercicios— suscitaban mofa, ternura. Los intereses de Cristian B. se resumían al robo de medias, pantaloncillos, camisetas. Lo desvelaban, también, los cucos de las chicas del grupo juvenil. 

Fui un aspirante sucio: el armario era un caos completo, mi ropa no era pulcra. Por leer en la biblioteca hasta tarde —encontré los discursos de Camilo Torres, los ensayos de Gustavo Gutiérrez, las novelas de Vargas Llosa— luchaba con el sueño en los rezos de las seis de la mañana. En vano, Fray W. trató de enderezar mis modales: sí inoculó terror. Me enseñó, sin quererlo, el significado de una palabra encontrada luego en las ficciones de García Márquez: belfo. Su alianza con Cristian B. le permitía mantenerse informado de los pormenores de sus pupilos mientras el otro salía indemne de las andanzas. Hace poco retomé la correspondencia con Benavides: alcanzó a vestirse de fraile, estuvo a un paso del sacerdocio. Rompió con la regla. Hoy ejerce la docencia. Le pregunté por Cristián B. Se retiró en propedéutico —etapa de introducción a la doctrina del cristianismo—. A los seis años regresó. Lo aceptaron. Volvió a irse. Se esfumó: poco se supo de él. No quise hurgar. Ahora –tarde– lo sé: debí desafiar los nudillos del déspota. Nada debe cortar el sueño del niño/pánico.


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