Opinión / AGOSTO 10 DE 2022

Minda, in memoriam

Las opiniones expresadas por los columnistas son de su total y absoluta responsabilidad personal, no compromete la línea editorial ni periodística de LA CRÓNICA S. A. S.

Los primeros y más oportunos mensajes libertarios, entre los incontables que han sumado a mi manera de observar y asumir la existencia, los recibí, sin intención por parte de quien los emitía, de la hermana menor de mi madre, la inefable y recién fallecida tía, Herminda.

No mediando lo verbal ni la escritura; no comprendidos a derechas en aquellos lejanos calendarios por el niño de congénita rebeldía, tampoco tenidos como tales por ella; hechos, decisiones llevadas a acciones, que marcaban quiebres, aristas, filos, en el discurrir de una familia cundinamarquesa tradicional, apegada al pensum católico, y a estrictos códigos sociales. El primero, impuesto quizás por la autoridad materna, pero con algún grado de aceptación o cuando menos de resignación, fue su internado en una

Escuela Normal al nororiente de la capital. Inusual que una muchacha, bella y protegida, resultara confinada durante años en un pequeño paraje cordillerano, buscando el título académico que le aseguraría realización personal y económica. No dejó de pesar aquel capítulo del discurrir vital de Minda, apócope con el cual la distinguimos siempre, en el mío propio.

Calendarios después, en plena adolescencia, mientras entre mis hermanos rondaba la autoridad materna, y la nueva ola, el rock, el nadaismo, cruzaban el país y el mundo de parte a parte, yo me recluí a voluntad entre los muros del internado, huyendo de la férula maternal para someterme a otra, por lo menos distinta y distante.

El segundo de aquellos mensajes, fue el viaje e instalación de Minda en Cali, luego de su grado como normalista. Otra decisión, esta vez haciendo uso de su albedrío, que levantó polvareda familiar. Para la abuela, para su hermana, mi añorada madre, no fue noticia fácil de asimilar. La nueva adulta y maestra titulada, levantaba vuelo con alas propias, en busca de experiencias.

En nuestras cándidas mentes, Cali sonaba a otro planeta, a otra dimensión; Minda saltaba a planos superiores. Cartas y postales con la estampa de La Ermita, nutrieron el misterio. No podría precisar cuánto tiempo duró el episodio; el dato carece de relieve. Lo verdadero e importante: Minda hizo valer el sagrado derecho a autodeterminarnos, a fijar rumbos y metas propias. Su ausencia, la distancia que ella marcó entre corrientes y contracorrientes, fue inspiradora.

Pero el hecho que aún trasciende, con el cual nos dio la mejor lección de independencia, de ejercicio de libertad personal, fue su noviazgo y matrimonio.

Repuesta apenas de la muerte de su entonces prometido, en accidente automovilístico, trajo al seno doméstico a quien, con todo y sus explosiones de carácter, habría de constituirse en personaje clave de nuestra entraña afectiva.

El aporte caribe al cerrado entorno muisca, cundiboyacense, la lograda mixtura chiguano-costeña, vinieron a airear el ambiente, a alegrar con música, sonido, ritmo, desparpajo e informalidad, nuestras rutinas sociales. Difícil por momentos, conflictiva y sinuosa como todas, su convivencia creativa de tantos años, marcó surcos en nuestras vidas. Gracias, bella tía Minda.


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