Opinión / MAYO 21 DE 2022

Miniensayos de Orlando Mejía Rivera 2

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Dentro del miniensayo colombiano, Orlando Mejía Rivera es el más representativo cultor de esa estética literaria para la cual, Italo Calvino, formula cinco rasgos básicos que fusionan dicha forma de escritura: levedad, rapidez, exactitud, visibilidad y multiplicidad, componentes del estilo y la forma que, en su libro, el escritor caldense desarrolla con dos más: profundidad y holicidad. Los siete, resaltan también en sus haikus, microrrelatos y aforismos. En estos miniensayos no prevalece la percepción del libro y la literatura como esparcimiento. Entre ficción literaria y ficción popular, de acuerdo con el estudio del italiano Emanuele Castano, Mejía se mueve con la literatura propia del primer paradigma. Aunque le divierte leer, no propone lecturas banales: “Más que nunca la literatura debe ser el puente entre las humanidades y la ciencia”, afirma en El compromiso crítico y la resistencia de lo humano. Perenne aliento del arte y la filosofía, toda expresión del lenguaje con la belleza como punto de partida, es tanto el viaje como la existencial zona de llegada. Insaciable y fino lector, confía en la relectura para descubrir, en libros que en la primera hojeada creímos entender y asimilar, “otras polifonías y categorías de sentido”. Miniensayos coadyuvando a revelar subterráneas voces con tales polifonías dentro de cualquier género literario. Mejía no es el parresiastés descrito por Foucault en Discurso y verdad en la antigua Grecia. Su prosa, de reconocido tono crítico con el que a lo largo de varios miniensayos parece designar a alguien en particular dentro o fuera de su región, o de Colombia; su continua demolición razonada de la mediocridad propia de la imagología, y su sarcasmo cuestionando la simulación intelectual que aglutina cientos de nuestros intelectuales, le hacen el parresiólogo que requerimos millares de lectores, desorientados por montajes propagandísticos de crecidas editoriales creando efímeros idolillos literarios. No dejar nada por fuera para acometer la vital tarea de relacionar humanidades y ciencia, ha sido el trabajo intelectual de Mejía Rivera desde Clones, ciborgs y sirenas (1999). El poeta y ensayista ibero Antonio María Flórez, en su libro Transmutaciones, literatura colombiana actual, perfila a Orlando como “un ser pantagruélico, voraz en su afán de conocimiento y generoso en compartirlo. Tempestuoso y vitalista, arrasa por donde pasa. Nadie es ajeno a su presencia heliocéntrica y a su verbo”. Abarca en sus lectorrelecturas desde los clásicos de occidente y oriente, hasta formas transgresoras, asistemáticas y tecnológicas de la cibercultura. Cualquier pormenor de un libro que lee y comparte, lo desarticula de su contexto enriqueciéndolo con tono parresiástico en antecedentes literarios inadvertidos por el lector que, desde la auscultadora mirada de Mejía, se visibilizan certeros respecto a relaciones socioculturales del individuo afrontando matices sicológicos, filosóficos y estéticos de las ciudades que habitamos en compañía de la literatura y los libros. 


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