Opinión / OCTUBRE 16 DE 2021

Mirar por ahí

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Esa mujer consideraba su desnudez como otro vestido que debía arrancarle. No con mis manos. Con mentiras. Con algunas precipitadas verdades de las cuales me arrepentiría tan pronto se vistiera. Y se fuera. Y la olvidara. Nos olvidáramos. Un trapo más, su desnudez. La sentí en mis manos, sobre la cuerda de los brazos al orearse. Retazo de insípida turbación, manoseé esa desnudez como cruda amplitud material del jean, de sus calzones y su blusa. 

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Mientras Dios creaba el universo, por encima de todo estaba atento a las pisadas de la hormiga sobre las hojas. Cualquiera de ellas que decidiera moverse sin Él dar la pincelada final a su firmamento y sin fijar la determinación de su destino y el del mundo, cambiaría el mapa prediseñado de la creación. Todo. En particular, esa hormiga inquieta. Todo debía conservar total quietud en su mente. En su imaginación ordenadora. Antes del soplo de movimiento y desarrollo, el ligero movimiento de una hoja, una gota de rocío, una montaña o una galaxia, cambiarían el esquema inicial diseñado por el divino arquitecto. Fue el primer instante de quietud de ríos y mariposas. Las olas no respiraban aún. Las estrellas esperaban para resplandecer. El universo no comenzó con una explosión: Dios aspiró profundo y mientras exhalaba lento, más allá del tiempo y del espacio, todo fue moviéndose en la dirección exacta.

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Si pudiera revelarte con palabras, Jocabed, con un gesto o alguna clase de silencio, detalles  del sereno diálogo que puede establecerse por el solitario sendero cuando en una de tus manos aprietas  la hoja seca de eucalipto; y en la otra, estrujas  la hoja verde del limoncillo... Ese perfume que respiras al caminar, penetrante si no tienes prisa y te detienes, comprimiendo entre tus manos las desmenuzadas hojas, revela la prodigalidad del paisaje contigo, mostrándote desconocidos lugares para el ejercicio de tu soledad y tus silencios. Eucalipto y limoncillo hablan perfumes entre ellos. Y con tal diálogo, si sabes escucharlo, te relatan historias del bosque. Hablan de tu pasado. Y sabrán anunciarte algo de tu mañana. Van a revelarte magnas historias de los pequeños insectos, más importantes que los eventos de esos hombres resaltados por la historia. Cuando el aroma del eucalipto narre sus leyendas, igual que la fragancia del limoncillo relató las suyas, reúne ambas hojas en una sola mano y comenzará la poesía. Ambos perfumes, mezclados en uno solo, te revelarán el alma de las demás hojas susurrándote genealogías del bosque. Develarán para ti, Jocabed, leyendas y mitos que embellecen tal ambiente montañoso. Pero no salgas del silencio. Ni de la soledad, porque entonces verás dos hojas y nada más.

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Camina despacio el toro de piedra sobre el cual se posaron varias tórtolas.


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