Opinión / NOVIEMBRE 23 DE 2010

Mis memorias (I)

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Las memorias constituyen un género con muchos adeptos en el mundo de las letras. Existe una pléyade de lectores —en la que me incluyo— que al igual que le fascina las biografías de personajes de la historia, observa con interés las memorias de dichos personajes.

El memorial de Santa Elena, por ejemplo, en ocho volúmenes, publicado en 1823 por el secretario de Napoleón, contribuyó con méritos a perpetuar la leyenda del gran emperador francés.
Pio Baroja, el notable intelectual Español escribió Memorias de un hombre de acción, 20 novelas históricas que comenzó en 1911. Y el conde de Chateaubriand publicó Memorias de ultratumba, para cantar a la juventud y lo que ella significaba.
Sir Wiston Churchill, político y escritor Británico, al escribir los seis volúmenes de las Memorias de la Guerra (1948-1954), obligó en la práctica que su denso trabajo fuera referencia obligada de historiadores y analistas.
Debo incluir, sin falta, el prodigioso trabajo de Margarette Yourcenar, Las memorias de Adriano, uno de los libros más valiosos en este género.

En fin, en una lista que por la pequeña muestra, es, sin duda, ampliamente voluminosa, quiero destacar el trabajo póstumo del eminente colombiano Alfonso López Michelsen(1), obra maestra que el lector debe degustar con delectación y atento cuidado.

En el prólogo, su hijo Juan Manuel señala: “En las páginas que tenemos a la mano, más que lo biográfico llama la atención la calidad literaria. La vida pública le cambió la existencia. En el campo del Derecho soñaba con sumergirse en los Archivos de Indias en Sevilla, pues más que el puro aspecto jurídico le interesaba la evolución del derecho, el derecho comparado y la influencia social en el derecho. Pero su vocación aunque no propiamente la de un académico dedicado al conocimiento, era la de un humanista...” (páginas13 -14). Más adelante dice: “Al lado de su valor como obra literaria, por la condición de hijo del mayor protagonista de una época, y por los vaivenes que en la política el mismo tuvo que vivir, uno de los méritos que se pueden aquí encontrar es la ecuanimidad y la cercanía con que se ven y describen las características personales de varios protagonistas de nuestro pasado...” (página 15).

La figura cimera de su padre hace parte de sus reflexiones más agudas, cuando va dibujando su infancia y adolescencia. Desde Ambrosio López, su bisabuelo, fundador de las llamadas Sociedades Democráticas, pasando por el infatigable Pedro A. López, la familia López ocupa el escenario nacional en la política, los negocios, las finanzas y, claro en las quiebras.

En todo caso, Pedro A. López era la figura inolvidable de Alfonso López Pumarejo: “...Su personaje inolvidable, su punto de referencia, fue siempre Pedro A. López, con quien empezaban y terminaban las cosas. Era hijo de Ambrosio, casado con Felisa Medina, miembro de una familia boyacense del Valle de Tenza, oriunda de Guateque y fundadora del pueblo de Guayaté. A la misma familia pertenecía la madre del doctor Enrique Olaya Herrera, a quien López vino a conocer en los ajetreos de la vida pública.

El propio López Michelsen habla así de su abuelo: “Pedro Aquilino López, en contraste con su padre, fue el ejemplo mismo de la serenidad, del equilibrio, de la ponderación. Si la grafología tiene algún sentido, basta contemplar los escritos de su puño y letra para apreciar en toda su dimensión los rasgos distintivos de su carácter, que acabo de mencionar. . . ”(página25) (continuará).

(1) Alfonso López Michelsen. Mis memorias. Edit. Oveja Negra-Quintero Editores. 2009. 444 páginas.

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